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OPINIONES DE UN PAYASO
LOS FAMOSOS
HERMANOS DEL HIERRO
Luis Valdez
Estimados y pulcros lectores, quiero compartir con ustedes mi placer de haber encontrado y visto con mi familia política, luego de una tarde dominguera de carne asada, el filme que ocupa el número 15 de las mejores películas mexicanas: Los hermanos Del Hierro.
Durante 95 minutos quien esto escribe se emocionó con los arranques de Martín (caracterizado por un Julio Alemán antes de ser rockero) cuando escucha la canción del Palomo y el Gorrión y se pone bien loco disparando a quien se le ponga enfrente. Menos mal tiene a su medio hermano mayor para que lo detenga, el noble Reynaldo (Antonio Aguilar).
¿Por qué lo detiene Reynaldo, y por qué le ayuda a escapar cada que el pelao armó una matazón? Porque sabe que los dos han sido criados para ser unas máquinas de asesinar. La madre, quedando viuda, decide contratar a un pistolero (el impresionante Ignacio López Tarso) para que le enseñe a los dos güerquíos a agarrar un arma, tronarla y matar fulanos. Y si uno de los dos hermanos es apenas un crío, eso a la madre le viene valiendo ídem, porque le agarra la manita y lo obliga a disparar.
“¿Qué no estamos pa eso?”, le pregunta Martín a Reynaldo cuando la madre los manda a un pueblo cercano a enfrentarse al asesino del hombre que la desposó, y del que Reynaldo, aún sin ser hijo de sangre, heredó el nombre. “Fue más mi padre que de éste”, dice el medio hermano mayor, cuando ha llegado el momento en que son obligados a invocar a la muerte.
¿Desde cuándo estuvo presente la muerte en las vidas de los hermanos Del Hierro? Según la historia, desde que el padre cae de su caballo acribillado a balazos, delante de los dos niños. Pero también puede ser el pistolero que encarna López Tarso, porque tiene el tino de aparecerse cada que hay que dar malas noticias y quitarle la vida a alguien.
La misma culpa que siente Pascual Velasco (Emilio Fernández, aquí el hombre que asesinó al Reynaldo Padre) es la que siente el pistolero de López Tarso cuando ya viejo va y le dice a una cansada Columba Domínguez que las pistolas no son para los niños. Y esta es la culpa que también carcome a Martín cuando sabe que ya es papá, pero que estaría difícil que pueda ver a su hijo algún día… La culpa acaba con los asesinos. No les quita la dignidad pero sí las ganas de vivir. ¿Qué es lo único que le queda a un pistolero cuando ha derramado mucha sangre en la árida tierra? Ofrecer la suya.
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