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MONTERREY ESCENOGRÁFICA
Ángel Sánchez Borges
  • Las montañas son el mejor paisaje: González de León

  • El Barrio Antiguo es un punto urbano vampiro

  • El lago artificial bajo el Atirantado es un capricho

  • El Santa Lucía: unas lanchitas recorriendo un hilo de agua

  • Somos una sociedad que ha aplazado la autocrítica

Hace años en una visita de Teodoro González de León a Monterrey, cuestionaron cuál era su recomendación para crear un proyecto arquitectónico acorde con la realidad local, que estuviera a la altura de su pasado y de su futuro. El gran arquitecto mexicano no dudó en responder que eran las montañas y el paisaje natural e imponente que proveían, la mejor base posible; había que construir en la ciudad tomando en cuenta en todo caso la importancia de dicho paisaje y el reto, precisamente, edificar sin pretender por cierto que el diseño arquitectónico estuviera por encima de ese ejemplo natural.

Independientemente de que esto fuera más un piropo que una recomendación profesional, a lo que González de León iba era a señalar que tenemos una ciudad muy especial cuya preocupación por ejemplo debería partir de la pervivencia de ese paisaje tan específico y por cierto de proyectos que respetaran por principio la mejor condición ecológica posible del mismo, en lugar de orientar proyectos urbanísticos por el lado de la actualidad arquitectónica a ultranza, había que reflejarse en la magnitud de nuestros cerros y sierras y hacer dialogar la arquitectura con ello.

Ahora que se anuncia un capricho arquitectónico más, la instalación de un lago artificial bajo el puente atirantado, volvemos a intentar explicarnos en qué clase de cultura vivimos. En las últimas décadas nuestro espectro urbano se ha convertido en una escenografía tal cual que en cierto sentido lo que ha ido logrando es a la vez, una pauperización del hábitat real y por cierto ha convertido grandes zonas urbanas, sobre todo en la parte central de la urbe, en espacios desmovilizados socioculturalmente.

Ya se nos olvidó que el supuesto giro que iba a activar lo que hoy se llama Barrio Antiguo, denominación bromista o eufemismo vil, se convirtió en una zona de tolerancia disfrazada, pero que en el más simple y peor de los casos, ha convertido esas cuadras del centro de la ciudad en un punto urbano vampiro, ya que sólo se activa realmente por la noche y durante el resto del día duerme y carece incluso de interés comercial; unos cuantos restaurantes y alguna tienda de conveniencia no representan por cierto lo que supondría un área histórico-cultural y mucho menos un pasaje arquitectónico de interés turístico.

Más tarde, la construcción del innecesario puente atirantado, con todo y su maqueta de lanchas, representó una de las imposiciones más desastrosas para la ciudad de Monterrey; una escultura apabullante quizás pero también una frontera soberbia, el famoso puente podría ser en todo caso una prótesis estetizada a la ineficacia vial. En una ciudad supuestamente de alto nivel ingenieril, en donde por ejemplo no se ha creado un plan vial serio y contributivo, el puente es un homenaje a lo superfluo y por cierto un trofeo sexenal aburrido.

La siguiente de nuestras escenografías y en cierta medida, a pesar de su limpieza y cierta gracia, la que más revela su innecesidad, es el Paseo Santa Lucía; de nueva cuenta y al igual que esas lanchitas recorriendo el hilo de agua, este espacio representa muy poco para lo que supondría una regeneración urbana de la zona. Pensemos en la imagen aislada y delimitada que muestra a la altura del norte del Barrio Antiguo, en donde el paseo se rodea de calles que no fueron tocadas por su gracia, que son simples envoltorios tolerados alrededor del mismo, es decir, toda una zona habitacional atravesada y dejada a su suerte, ya que a pesar de que en la calle Juan I. Ramón aparentemente disparó una manzana de negocios, la verdad es que dentro y fuera del paseo, la vida sigue igual e incluso aún más complicada que antes.

Y es que el problema fundamental cuando se trazan proyectos escenográficos es precisamente dejar para el final la reactivación real de los alrededores, como si por obra y gracia de la nueva edificación se diera naturalmente el avance sociocultural en tal o cual zona. El problema es que en Monterrey no se han dado proyectos reales de regeneración en una franja muy amplia. Ya lo he dicho, en Monterrey hoy desde la Colonia Vista Hermosa, pasando por el Obispado y la Colonia María Luisa del poniente hacia el centro, y de la colonia Obrera hasta la Fierro, del centro hacia el oriente, así como de la Terminal a la Independencia, de norte a sur (y no se diga prácticamente todo el norponiente de la ciudad), se ha venido dando un decaimiento general del espacio urbano, tanto en lo físico como en lo sociocultural.

Los proyectos para su regeneración no pasan solamente por construir nuevos edificios, o imponer tal o cual megaobra (la mayor parte del tiempo incluso las modificaciones a la vialidad han operado en sentido contrario y apuntalado la degeneración de los espacios) sino que se trata de comenzar en primera instancia un estudio serio de las condiciones de vida y de las formas de relación social que se dan en toda esta franja, para comprender cómo se pueden reactivar cultural y comercial, histórica y también en relación con los usos y costumbres de la vida cotidiana, sectores que definitivamente tienen un valor para la ciudad.

Monterrey ha sido abandonada a su suerte, y de alguna forma u otra tiene que ver con el acto cuasi vandálico de su modificación a ultranza, al revés de lo que había sugerido González de León por supuesto. Hoy que se opera ya una destrucción de la Loma del Obispado, una saturación de edificaciones sobre la Loma Larga, el éxodo de las clases medias altas por la Carretera Nacional y sus alrededores, con el resultado previsible del hacinamiento y explotación del pulmón urbano regiomontano por excelencia, hoy que no conocemos los niveles del desastre ecológico resultado de la explotación de los cerros por parte de la cementera (como quería atestiguarlo el mismísimo Joseph Koudelka cuando vino a exponer en el Marco), hoy que no conocemos las futuras consecuencias que traerá habitar todos los cerros habidos, y por cierto del mismo aislamiento requerido por muchos que los ha llevado a escalar prácticamente la Sierra Madre para colocar sus mansiones, Monterrey exige un momento de reflexión, así como pregona una cadena radiofónica a las 6 de la tarde.

El lago artificial en San Pedro no sólo apuntala la necesidad de falseamiento, de sustituir con ilusiones ópticas y disfrazar lo que efectivamente estamos viviendo, parecería una manera de “taparle el ojo al macho” pero en realidad es una forma aún más cínica de celebrar y aprovecharse del desgajamiento social que sufre la ciudad y sus municipios vecinos. Los niveles de imposición y de capricho han subido por igual que la escalada de violencia en los últimos años, el nivel de desasosiego y de intolerancia ha permitido que a río revuelto se consoliden nuevas formas de abuso en lo social y en lo económico; el mismo abuso disfrazado de solidaridad mediática como en el caso de la niña robada del hospital, la misma solidaridad muda y apabullada por el caso de un niño violado muerto, esos son los disfraces, porque tras esas máscaras subsiste una sociedad que ha aplazado la autoconciencia y por ende la autocrítica, y que ya está esperando pasearse en su nueva escenografía, después de todo está acostumbrada a paliar así más fácil y más rápido sus nuevos horrores.

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