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CONTRA LA CORRIENTE
Claudio Tapia

Las naciones del primer mundo, la totalidad de los países de Europa del Este y toda Latinoamérica, marchan en sentido opuesto al que, conducidos por los políticos de la generación del fracaso, nos precipitamos los mexicanos. Nos parecemos al despistado automovilista que al oír por el radio que un loco va circulando en sentido contrario por el eje vial, exclama: ¡¿uno…?, son un chingo! Pues así es como vamos.

Las mayores economías del mundo recurrieron a medidas contracíclicas para enfrentar la crisis global. México las anunció pero actuó al revés. El insuficiente estímulo equivalente al 1% del PIB anunciado en el primer trimestre no se dio. Sólo entre los trabajadores de AVIACSA y los del SME suman 50 mil los trabajadores que se quedaron sin empleo, sin contar con los de la baja burocracia que están siendo liquidados con motivo de las fusiones secretariales. Tan sólo en los dos años previos al estallido de la crisis, 5 millones de mexicanos empobrecieron. Justo cuando los gobiernos equivocados, remando contra la corriente, salieron a absorber los empleos que el sector privado no pudo crear y se dispusieron a apoyarlos para impedir los despidos masivos, nosotros, hicimos lo contrario. Para los fundamentalistas del dogma neoliberal, en las actuales circunstancias, debilitar es fortalecer, desemplear es ahorrar, gravar es sanear, gastar en inversión es una herejía y gastar mucho es peor.

Mientras los demás países, llevándonos la contra, decidieron enfrentar la coyuntura incrementando el gasto, recaudando más y mejor (no imponiendo más tributos ni subiendo las tasas de los existentes sino eficientando el sistema recaudatorio y ampliando la base de contribuyentes incluyendo a los ricos y a los de la economía informal) y aumentando el déficit para poder gastar más de lo que ingresa, decisión esta última que, como bien sabemos, nos condujo a la ruina; nuestros ortodoxos gobernantes, incapaces de comprender que en las actuales circunstancias el desastre se impide haciendo lo contrario, se niegan a aumentar el déficit que es menor al 2% y que en los países de economías semejantes, y por supuesto menos recesivas, es superior al doble del nuestro.

En el resto del mundo, piensan que la mejor forma de reactivar la economía y salir mejor librados de la crisis es gastando más aunque el déficit sea mayor. Pero nosotros, los que arrojamos el peor desempeño económico, decimos que no, que el resto del mundo está equivocado. Los conductores de nuestro destino, nos llevan en el sentido correcto. Valientes al fin, sin importar las consecuencias, nos aprietan el cinturón para intentar, una vez más sin éxito, resolver una crisis que para nosotros es la de siempre: crónica, necia, recurrente.

En el escabroso tema del narco, la manera de enfrentarlo, sus secuelas y daños colaterales, también el resto del mundo anda mal. Los hipócritas y cobardes gobiernos de los países de Asia, Europa, Norteamérica y Latinoamérica han dejado a nuestro gobierno sólo en su fallida guerra. Algunos se limitan a aplaudir y a felicitar al valiente comandante supremo, pero con toda claridad le dicen que el camino que emprendimos ellos no lo seguirán. Piensan, con razón, que mientras haya demanda habrá oferta y que la demanda es una constante social que genera un mercado cuyo esfuerzo por reducirlo no vale la pena porque genera enormes daños colaterales difíciles de controlar como el de la violencia, la militarización, la corrupción y la violación de derechos humanos. En los países de todo el mundo, incluido el que les declaró la guerra, el consumo de drogas se mantuvo o creció, pero sólo en el nuestro la violencia se desbordó.

Rubén Aguilar y Jorge Castañeda en su reciente libro El Narco: la guerra fallida, Santillana Ediciones Generales, México, octubre, 2009, citan como contra ejemplo, los resultados de Álvaro Uribe en Colombia en la limitación de los daños colaterales provocados por el narcotráfico – secuestros, atentados, guerrillas, paramilitares, corrupción, hostigamiento por parte de Estados Unidos – sin reducir la superficie sembrada de hoja de coca, ni lograr un descenso en la producción y exportación de cocaína. Entrándole a los acomodos regionales tácitos del ancestral negocio, en ese país, que va por el camino equivocado según nuestros gobernantes, la violencia disminuyó. En nuestro país que lleva el rumbo correcto, la violencia se incrementó. En ambos, el lucrativo negoció continuó.

La conclusión del libro, apoyada en el análisis de los argumentos esgrimidos por el gobierno para justificar su decisión, es que la declaración de guerra del 11 de diciembre de 2006 fue política: “lograr la legitimación supuestamente perdida en las urnas y los plantones, a través de la guerra en los plantíos, las calles, las carreteras, ahora pobladas por mexicanos uniformados”.

La decisión política en busca de la legitimidad de actuación a falta de la de origen, se apoyó mediáticamente con datos manipulados y verdades a medias. De acuerdo a las cifras del propio gobierno, México no ha pasado de país de tránsito a país de alto consumo. Tampoco ha aumentado de manera significativa la demanda de drogas. Tampoco resulta creíble que el motivo de la guerra fuera la penetración del narco en nuevas o más importantes esferas de la vida política nacional. La complicidad del narco con las autoridades municipales, estatales y federales es ancestral. Y si la razón de la declaratoria de guerra era la eclosión de la violencia, a casi tres años prevalece un clima de hostilidad superior al de antes, que venía declinando desde principios de los noventa. Afirman contundentes los autores del libro, apoyando su dicho con cifras oficiales.

Al igual que Bush, que entró a una guerra con mentiras, el comandante supremo no sabe ahora cómo salir. Las implicaciones de la militarización de la guerra en las fuerzas armadas, la sociedad y el sistema político, los derechos humanos y la contaminante corrupción en las diversas áreas gubernamentales, son funestas e incalculables. No es difícil imaginar las desastrosas secuelas que las decisiones políticas, insuficientemente meditadas, de las que nadie responderá, nos traerán. Pero nos dicen que nosotros vamos bien. Los demás, los que van contra la corriente, están mal aunque les vaya mejor.

claudiotapia@prodigy.net.mx

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