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TROPELÍAS DEL AGENTE 933
Guillermo Berrones
El agente 933 me detuvo la noche del 28 de octubre. Había salido del Zacatecas a donde fui a recoger unos documentos que me entregaría un amigo. No bebí nada porque estaba cansado y con un cuadro gripal fuerte. Cené algo de la botana que ahí sirven y me retiré. Dos cuadras más adelante, por Madero, me alcanzó el agente en su Vespaciao . Le pregunté el motivo de mi detención y me dijo groseramente que había dado una vuelta prohibida y me había “volado una luz roja”. Lo encaré y le dije que mentía. Entonces me hizo saber que le faltaba una luz trasera a mi coche. Eso era cierto y entonces le mostré mis documentos y me los volvió de nuevo diciéndome que además traía aliento alcohólico. Le dije, vuelve a mentir señor, no he tomado nada. Sople aquí me dijo señalando su cartera de infracciones. De mala gana lo hice y el señor dijo confirmar su sospecha. Está tomado, me dijo, pediré refuerzos para que se le haga un dictamen.
Indignado le dije que hiciera lo que quisiera, pero que yo no me sometería a dictamen alguno. Entonces llamó por teléfono a alguien y yo cerré mi coche y me fui a un Oxxo para llamar a mi mujer. Mi celular no funcionaba desde hacía un par de días. Indignado ya no regresé a donde el agente. Más tarde llegó una grúa, y también mi esposa, quien se fue a encarar a los agentes (para entonces ya eran dos de Vespaciao) y el 933 le dijo que unos individuos, amigos míos habían ido a insultarlo y agredirlo verbalmente. Una mentira más, porque yo estuve observando desde el Oxxo toda la acción del señor agente..
Al día siguiente acudí a la Secretaría de Vialidad y Tránsito de Monterrey para exponer mi queja en el departamento de inconformidades. El que me atendió me recibió con un comentario, después de explicarle lo sucedido la noche anterior: “sí, aquí todos vienen y son inocentes”. Le hice saber que su ironía me molestaba y cambió de tono en el trato para conmigo. Me sugirió que pagara para rescatar mi coche y después pusiera una denuncia contra el agente en otra dependencia ubicada por la calle José Benitez y que seguramente en unos seis u ocho meses, después de varios careos y de toda una investigación, seguramente se sancionaría al 933 y posiblemente rescatara el pago de mi falsa infracción.
La infracción estaba sin mis datos a pesar de haberle mostrado mis documentos. La supuesta infracción inicial por la que me detuvo, no estaba consignada en la boleta. Sólo decía negarse a mostrar sus documentos y negarse a dictamen médico: tres mil pesos. Pedí entonces entrevistarme con un superior del departamento de inconformidades. Me pasaron con la secretaria y ésta, después de ver la boleta de infracción, sonríe y me mira a la cara: “pero, señor, si hasta acá huele a cerveza todavía”.
Sólo la miré duramente y entonces me dijo: pero ahorita no está el jefe, por ahí anda, cuando llegue le digo, vaya y siéntese al pasillo. Pasaron dos horas y entonces decidí establecer mi queja en el Jurídico de la dependencia. El hombre que me atendió sólo atinó a escucharme amablemente y decirme: el reglamento es así, usted debió haber acudido a hacerte el dictamen. Intenté una cita con el Director o Secretario de Vialidad, pero me dijeron que volviera más tarde porque el señor había salido a comer. Entonces decidí pagar la supuesta infracción y otras que aparecían de meses pasados para poder obtener el visto bueno que autorizara la liberación de mi vehículo.
La palabra del ciudadano no vale, pensé, estamos desprotegidos. A las tres de la tarde se me unió mi esposa y mi hija quienes me acompañaron a recoger documentos que me faltaban del vehículo. Sabes qué, le dije, los ciudadanos estamos jodidos, debería haber un consejo o una comisión ciudadana que vigile a estos cabrones rateros. Para entonces ya estaba fastidiado de la situación.
Finalmente nos dieron el papel que liberaba a mi carrito. Pero insistí en dejar constancia del atropello del agente 933. Y nos recibió el Comandante Chávez, un tipo agradabilísimo, sonriente, dicharachero, amable exfutbolista de americano, psicólogo egresado de la UDEM, espiritual, muy espiritual el señor. Nos contó sus peripecias como agente de tránsito, supimos de sus matrimonios (en plural), de sus hijos. De los niveles de corrupción y de los aciertos de las campañas antialcohólicas. Y de anécdotas relajantes que compartió con simpatía y amabilidad. “Hubieras pasado directamente conmigo, te hubiera quitado algunas multillas, pero ya pagaste, no se puede hacer nada, ¡lo caido caido! Mira, a lo mejor Dios te puso a este agente (933) porque te iba a suceder algo más adelante. No batalles para la próxima, aquí tienes mi número de celular y el de mi oficina, el directo para que no te compliques. Si te vuelven a parar diles que me conoces y échame una llamadita”. Mi mujer estaba satisfecha con la simpatía de Chávez, al punto recordé la película del personaje Pedro Chávez Special, con Pedro Infante.
Atónito salí de su oficina para alcanzar a sacar mi carro del corralón y me fui pensando: casi treinta años diciéndole a mis alumnos que hay que ser honestos, hablar con la verdad; fortaleciendo los valores cívicos, reprochándoles los comportamientos equivocados en el trato con sus compañeros; pidiendo a mis hijos que se conduzcan con rectitud y honradez. Y la vida real es otra cosa.
Una lección tardía o negada en mi vida. Rulfo vino a mi memoria: ¡En qué país vivimos, Agripina.
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