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SOY CIEGO… Y ES PRIMAVERA / Graciela Salazar Reyna

Por más silvestre que parezca, seguiremos preguntándonos una y otra vez ¿qué fue primero, el huevo o la gallina?; y cada quien elegirá, de acuerdo a sus vivencias, nivel académico y especialidad o, creencia religiosa, la respuesta que considere convincente.  En el caso de la originalidad en la “creación” se antoja igual preguntarse, ¿quién emitió el primer sonido, articuló la primera palabra, estampó el primer petroglifo, ideó el primer verso y los demás que construyeron el primer poema?

En la poesía, la pintura, la música, arquitectura u otras expresiones creativas, estéticas o no, existe desde tiempos remotos el factor de las influencias; en muchos casos dudaríamos entre si una obra se generó antes o después que otra, de no ser por que conocemos la procedencia –o creemos conocer lugar, fecha y autor-; puede también, desde hace mucho tiempo probarse, con distintos procedimientos que avances científicos y tecnológicos proveen, más que la edad de vestigios raros y comunes de nuestro planeta.

Pero volviendo al autor, ese que ha suscrito por primera vez ante su comunidad, es decir, plasmó su sello en sentido amplio y socializó la obra en que venía trabajando (a la par de otros, cerca o lejos de ellos), difícilmente podrá desasirse del poder histórico y colectivo que acusa la misma obra, aunque lo negara, como suele suceder con tantos creadores; más de un caso viene a la memoria. Pero no quiero ocuparme del cinismo y el modo burdo en que se apropian los “autores” que presentan como suyas ideas, imágenes, palabras, frases u obras completas, de las que se benefician personal y económicamente sin escrúpulos ni remordimiento, luego de no haber sido capaces de ofrecer aportaciones significativas a las ideas tomadas de otros. Por más que en algún tiempo, detractores de Homero, hayan despreciado su obra, precisamente por falta de originalidad, quisiéramos al menos unos cuantos clones de esos.

El punto es la “Historia de un letrero”, de Alonso Álvarez Barreda,  apenas ayer motivo de orgullo nacional, ahora proscrito y echado a rodar, nada más y nada menos que por “el canal de las estrellas”, allí donde tienen recursos para sonar más fuerte y denostar con razón o sin ella, a cualquiera; ¿será allí donde buscan la originalidad? Ignoro si otros canales de TV despertaron a sus televidentes con la misma noticia.; nosotros escuchamos por radio, en otro noticiero, la reproducción de la entrevista desde Tampico, Loret de Mola, enjuiciando a grito abierto y sin dar oportunidad al interpelado -autor de la “Historia…”-, de responder a sus proyectiles que lo acusaban de plagiario; amagado, apenas acertó a pronunciar palabra; me pregunto, cuántos hubieran podido contestar, menos defenderse, en esas circunstancias, quizá un litigante bien armado.

Por una parte, resulta evidente la acometida de que son capaces medios masivos, como el citado, ostentando un poder de linchamiento para sumar a la nota roja, otro drama que les incremente rating. El otro aspecto tiene que ver con el “plagio”, muy cuestionable por cierto. Y a propósito, quienes tienen mejor memoria recordarán las fechas con precisión, tiempo de elecciones en Nuevo León, con un candidato -pensábamos entonces-, fuera de lo común para esos tiempos; en el equipo de campaña de Mauricio Fernández, estaba un amigo nuestro, quien entusiasmado por la fuerza del arte publicitario, trajo a colación esta anécdota recogida en la ciudad de New York. De pronto se les reveló el poder de la palabra cuando se utiliza con acierto, alguien de ellos se había encontrado en aquella ciudad norteamericana, con una imagen similar a la que vemos ahora tanto en la “Historia de un letrero” firmada por nuestro compatriota, como en “Una limosna por favor” de autor español. La variante era en lugar de las frases que aparecen en ambos cortos, “Soy ciego… y es Primavera”. ¿De quién es la idea?

Es claro que del dominio público surgen la mayoría de las ideas que ocupan luego distintos ámbitos, inclusive el del arte, aunque se haya asegurado alguna vez que la naturaleza es el arte, o que éste lo es cuando se parece a la naturaleza, son conceptos que sugieren la flexibilidad de las ideas. ¿Cuáles ideas tienen dueño? Y ahora, cuando como nunca antes, cada pequeña aldea es la gran aldea de todos en unos segundos.

De seguro, otros más avezados en cinematografía podrán emitir juicios de valor más autorizados que los de una servidora, a reserva de que lo hagan, sería interesante, la “Historia de un letrero” es distinta a “Una limosna por favor”, aunque se juegue con la misma idea: mientras que ésta, pequeña en extensión se asemeja más a un spot, ex professo publicitario –aparecen varios indicios en esa dirección, incluso el del transporte raudo con un letrero de chocolates-, tiene una duración menor al medio minuto, sucede en una calle transitada y ruidosa. La “Historia…” es más lo que aceptamos como cortometraje, es más extenso, ambos difieren por tanto, en tiempo de duración, escenario, ambientación, carácter de personajes; en la recreación de la “Historia…” se da un diálogo directo y cálidamente humano, el propósito es muy distinto al oponente español, todos los momentos sugieren algo más que remitirnos a una frase o al significado de la misma. Va siempre más allá, haciéndose acompañar de aves y cantos.

 

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