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Foto: Pablo Navajas

DIARIO NEGRO DE BUENOS AIRES Y LOS HILOS DE EXILIO
Margarito Cuéllar*

Volver al lugar de origen no siempre resulta un viaje dolorosamente placentero, sobre todo si el retorno trae consigo parientes y encuentros furtivos con el amor, que si bien le abren los brazos al recién llegado, lo hacen desde una Ítaca desconocida. Más si la ciudad de la que se parte es México y Buenos Aires el paisaje al que se llega. El protagonista -los lectores nunca sabremos su nombre- decide correr el riesgo de encontrarse con sus fantasmas, con tumbas solitarias y con las sombras de sus padres y amigos, cosechando así los sabores agridulces del regreso. Porque volver, además de evocar y reinventar un pasado, es enfrentar una realidad en la que nada está en su lugar, ya que quien vuelve se ve obligado a asumir su condición de extranjero en su patria. “… el presente es una nueva geografía, que me ofrece, salvo por los magros ahorros que traigo escondidos en un calcetín, una libertad no desdeñable. Soy un anónimo absoluto y podré vagar por todos lados sin preocupar a nadie.” Es lo que pasa con los personaje de Diario negro de Buenos Aires de Federico Bonasso (Reservoir Books, 2019).

     La diáspora tiene sus riesgos. Alejarse del territorio que se considera propio por derecho de antigüedad equivale a atravesar zonas de niebla que desdibujan el origen. La aduana para el que regresa es la misma que para el que sueña: tarde o temprano, al despertar, los avisos de la hecatombe son inminentes. Sobre todo, si el que vuelve carece de herramientas para sobrevivir a la cotidianidad urbana, tan elementales como desconocer el pan de su preferencia o utilizar el transporte público. El olvido y la duda tienen su precio, ya que quien duda “es un marginal porque arriesga en cuestión de segundos la atención de su interlocutor.”

     El protagonista de esta historia vive un regreso atado a las alegrías, pero también a los sinsabores familiares, a los amigos que se difuminan en los días inciertos de un pasado que envejece al ritmo de la angustia y a los encuentros inesperados; cuadros en los que lo mismo se hace presente la convivencia con animales domésticos que las trampas de la cotidianidad. La zozobra parece ser un sinónimo de arenas movedizas, a la par, el protagonista asume su espontáneo destino como habitante de ninguna parte.

     Realizar un trámite en apariencia tan sencillo, como renovar un pasaporte, por ejemplo, resulta un laberinto kafkiano. El Ulises desterrado de su ciudad se ve de pronto inmerso en trámites que lo llevan de una ventanilla a otra y de un edificio a otro, lo cual suma puntos a la angustia y pone en riesgo el regreso.

     La ciudad de origen se refleja a intervalos en esta novela, escrita con un lenguaje fresco y preciso por Bonasso (Buenos Aires, 1967), un músico que al asumirse como escritor enfrenta sus propios riegos.

     Hay momentos de estas ráfagas de líneas cortas, llenos de vivencias que hablan de las pequeñas heridas que deja la vida diaria, encuentros y desencuentros con un pasado que de tan idílico deja una resequedad en la piel y sabores amargos en la línea de fuego de la existencia. Porque no basta volver, es necesario sumergirse en el pozo gris de las horas y respirar las noches y los días de un pasado del que emerge una memoria inconclusa.

     Ciertamente volver es encallar, naufragar, asirse a las amarras de un tiempo del que lo único que queda son las sombras de lo que no fue. A cambio de todo esto se conserva la infancia, no borrada del todo de las calles de la ciudad natal, los acercamientos amorosos y los breves, pero intensos, destellos de libertad.

     Durante diez semanas, el protagonista, un Ulises melancólico en busca de una Ítaca sombría, al volver sobre sus pasos parece caminar a ciegas por las calles y los pasajes de una urbe que al reinventarse se degrada. Los recuerdos que dieron vida a un pasado, enmohecen y sus tonos verdes y amarillos dejan en los rostros y las voces que aquí se dan cita un presente sin orillas y con demasiadas fronteras.

     En el deambular del personaje, por lo regular en los callejones de la nostalgia, se ve de pronto inmerso en la vida de los cementerios: “Escuché al gorrión de cementerio. Me dijo un cuidador que ahora está lleno de estos pájaros. Tiene un canto muy especial, que parece un llanto. El cuidador me explicó que han prosperado porque al llorar la gente no se los come, no se mete con ellos, incluso en época de crisis. El lugar se ha convertido en un lloradero de gorriones.”

     Pienso en el exilio como una escuela no elegida. De pronto se entra a un territorio de calles desconocidas que bien pueden simbolizar aulas escolares en estado salvaje. El pasado se convierte en herramienta de la memoria. Esa experiencia se plasma en las páginas de este diario oscuro en el que la alegría se ve ensombrecida por la nostalgia y el futuro se llama resistencia.

     Bonasso, fundador y vocalista del grupo de rock El Juguete Rabioso (1987-1999), compositor de música para cine, se lanza en solitario al campo minado de la palabra escrita con la misma pasión que le dedicó a las letras y a la música de sus canciones. Después de abrevar en estas páginas no me queda la menor duda de que estas líneas son un homenaje a la ciudad perdida -llámese Ítaca o Buenos Aires- y que en el hotel de la vida todos somos extranjeros.


Federico Bonasso
Diario negro de Buenos Aires,
Reservori Books, México, 2019.



*El autor es escritor. Compiló para la colección Esenciales del XX (Cal y Arena, 2018) el libro José Alvarado Miembro del Sistema nacional de Creadores de Arte del Fonca en el área de letras.