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REVELACIONES ONÍRICAS
Guillermo Berrones

Un día antes del juego Monterrey-Puebla soñé, y el recuerdo sigue siendo tan nítido, que los Rayados perdían por marcador de tres goles contra uno, en un partido ríspido y lleno de angustia. Cuando cayó el primer gol reviví el sueño y pensé en lo que se debe hacer para evitar que los sueños se cumplan: platicarlos antes del mediodía. Para el juego de vuelta no quise soñar porque estaba seguro que los Rayados no podrían levantarse del descalabro en Puebla. Vucetich siempre me ha despertado desconfianza y su estrategia no me parece la adecuada, lo digo sin ser un experto en futbol. Y bueno, el resultado está ahí en un dos a dos que de nada le sirvió al equipo local, quedó eliminado de la liguilla y habrá que esperar hasta la próxima temporada para reactivar las ilusiones campeoniles de los equipos de nuestra ciudad: Tigres y Rayados. Se acabó el sueño, la realidad es otra.
Cuando este sueño premonitorio me sacudió en esta semana, recordé otros sueños tan significativos en mi vida. Por ejemplo: cuando llego a soñar serpientes de cascabel, al despertar el sobresalto mantiene tensos mis músculos y los nervios me aprisionan. Las he visto arrastrarse sinuosas con sus lomos diamantados y abriendo unas fauces rosas enormes donde sus colmillos son agujas curvas capaces de inyectar su veneno profundamente. Las he soñado rodeándome amenazantes y dispuestas a atacarme. Mi madre dice que esos sueños vaticinan grandes problemas en mi vida y la verdad no me he puesto a constatarlo.
Dejaré sin comentario las malas jugadas de una pesadilla y también marginaré las traiciones eróticas de la adolescencia que me hacía despertar en la humedad de las sábanas y con la vergüenza en el rostro por obvias razones.
Una noche me desperté filosofando porque tuve un sueño en el que se me revelaba el sentido de la otredad, el juego de los opuestos en diferentes dicotomías: el bien y el mal; el cielo y el infierno; el sueño y la realidad; Dios y el Diablo; hombres y mujeres y donde la misma otredad tenía otras otredades, aunque suene cantinflesco. En el sueño mismo se manifestaron dudas que no se me explicaban objetivamente. ¿Hasta dónde el bien es bien y dónde termina el sentido de la maldad? ¿El cielo es un espacio determinado lleno de bondades o es un estado gradual de sublimación? ¿Qué se hace para ganar el infierno? ¿Los hombres y las mujeres somos entes disímbolos creadores de los opuestos o es nuestra propia naturaleza bipolar la que nos hace virar en uno u otro sentido? Fue un sueño lleno de dudas y desconciertos.
Esto ya lo he comentado antes: el más placentero de los sueños que he vivido es cuando tengo la aptitud y la voluntad de volar. Desplegar los brazos (ni siquiera poseo alas), impulsarme y sentir la levedad del cuerpo por encima de casas, árboles, edificios y personas; virar a voluntad, acelerar o planear es una sensación de pasividad de la que no quisiera despertar porque el vuelo mece, arrulla y el viento suave es una caricia seductora que envuelve a mi cuerpo para llevarlo por lugares maravillosos. Al despertar me siento lleno de tranquilidad.
Pero también hay un sueño nutrido por la realidad; y una realidad cargada de sueños. Desde niño he soñado un México distinto cuando viví en el campo y respiré el aire de las montañas tamaulipecas y miré correr el agua cristalina del río San Marcos que más tarde lo vería cargado de contaminantes. Un país que lo he visto desangrarse internamente en el sueño estudiantil de los muchachos del 68; y en la guerrilla de Lucio Cabañas y Genaro Vázquez; en los muertos de Acteal y en la sangre indígena de los chiapanecos del 94. Una patria emputecida por las traiciones y la corrupción, por los narcos, por la inseguridad, por ladrones de medio pelo, por los de cuello blanco y por los militares, por la cultura de la contracultura, por la historia hecha a modo.
Un país que despierte en armonía y se sostenga en realidades construidas desde la creatividad de todos, con una democracia consolidada; con una justicia “justa” y todo lo demás que creo que merecemos los que vivimos y nacimos en este México. Ya sé que suena populachero y populista, discurso anacrónico de idealismos obsoletos; pero qué le vamos a hacer, así sueño yo, para bien o para mal.

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