Ayer fue domingo siete
Asael Sepúlveda Martínez

Monterrey.- Mi abuela Juanita tenía una memoria privilegiada. En cuanta ocasión alguno de sus nietos le pedía que nos contara un cuento, ella accedía, gustosa. Ante la infantil audiencia llena de curiosidad, desfilaban ogros, hadas, reyes y sapos, que invariablemente acababan convertidos en príncipes ante el beso mágico de la príncipa del cuento.
   Dije bien. Para mi abuela Juanita, eran príncipas, no princesas. La recuerdo contando la historia mientras cuidaba que no se derramara la leche que había puesto a hervir, o mientras cosía algo de la ropa de casa.
   Mi madre decía que la memoria de mi abuela admiraba a muchos y que lo cuentos los había aprendido desde su niñez, para delicia de todos sus oyentes. Muchos años después, vine a descubrir que aquellos cuentos memorizados por mi abuela, eran esencialmente los mismos que concentraron los hermanos Grimm, provenientes de diversas regiones de Europa.
   De hecho, cuando cayó en mis manos la obra de los Grimm, una de las primeras cosas que hice fue buscar el cuento famoso que narra el origen de la expresión “salió con su domingo siete”, que yo escuché por primera vez de labios de mi abuela, con una atractiva explicación. Narraba que en un lejano bosque, el mayor temor de los caminantes era encontrarse con una reunión de brujas, quienes no dudarían en cocinar el infortunado para servirlo como cena.
   Pues bien, un caminante nocturno escuchó a lo lejos una canción que se repetía una y otra vez. Al acercarse, se dio cuenta que era una reunión de brujas que danzaban y cantaban alrededor de un caldero hirviendo. “Lunes y martes y miércoles 3, jueves y viernes y sábado 6”, cantaban las brujas una y otra vez, sin llegar nunca al domingo. El caminante, no pudiendo contenerse, interrumpió la canción brujil para gritar “y domingo 7”, con lo cual reveló su presencia.
   Por supuesto, el personaje de nuestra historia pagó las consecuencias de su imprudente grito, con lo que la  expresión “salió con su domingo siete” quedó desde entonces como sinónimo de acto imprudente, en el cual alguien, queriendo corregir o aportar algo, hace alguna tontería.
   El sexenio que agoniza bien podría pasar a la historia como el sexenio del domingo siete. Un día sí y otro también, desde el presidente hasta el más insospechado de sus colaboradores, aportaron su cuotas de desatinos. Tantos, que se podría hacer un libro con la colección que formaron.
   Pero no corramos prisa. Por lo pronto, ya los desfiguros de uno que otro aspirante a la candidatura presidencial están compitiendo  en serio por quedarse con el título del domingo siete.
   El saldo neto es el desencanto del electorado, que descubre, en vivo y a colores, quiénes de los que aspiran a gobernar resultar ser escasos de entendederas, obtusos, quedaditos, de pocas luces.... Y lo peor del caso es que la colección de desfiguros seguirá creciendo. Para el baile vamos.