José Emilio Pacheco y la catástrofe de México

Eloy Garza González

 

Monterrey.- Para estos días tristes, recordemos un poema mayor de José Emilio Pacheco, el más generoso y cordial de los escritores mexicanos. Las ruinas de México (Elegía del retorno) es un largo repaso a la experiencia personal y colectiva que dejó el sismo de 1985 en “aquella parte de la ciudad que por derecho de nacimiento y crecimiento, odio y amor, puedo llamar la mía (a sabiendas de que nada es de nadie)”. Pacheco murió hace tres años, por tanto, no pudo padecer el renovado infortunio que ahora vive la ciudad a la que dedicó infinidad de páginas tan luminosas como sombrías.

“Absurda es la materia que se desploma” comienza el poema, y aclara: “No: la materia no se destruye, / la forma que le damos se pulveriza, / nuestras obra se hacen añicos”. Pacheco habla de la persistencia del polvo y de la fragilidad humana que representa: “Así de pronto lo más firme se quiebra, / se tornan movedizos concreto y hierro, / el asfalto se rasga, se desploman / la vida y la ciudad”.

Con el regreso del polvo, los habitantes del centro de México se someten a la violencia de la intemperie, a la precariedad que los rodea: “Quien sobrevive queda prisionero / en la arena o la malla de la honda asfixia”. Viene entonces una sucesión de imágenes caóticas hasta terminar, en una primera parte, en lo que somos: “polvo en el aire”, lo único eterno.

El piso se mueve, y “todo lo que era firme se viene abajo”. Por eso el poeta le pide perdón a las víctimas del sismo: “no pude darles nada. / Mi solidaridad de qué sirve. / No aparta escombros, no sostiene casas”. En cambio, agradece a los que ayudaron como rescatistas: “héroes plurales / honor del género humano” y odia a los ladrones, a los abusivos que cobraron por rescatar los cuerpos y a los que reunieron fortunas “de quince mil millones de escombros”.

Imposible, por su longitud, reproducir el poema completo que quiere expresar lo que significa “el polvo, la ceniza, el desastre y la muerte”, y la certeza de que “El terremoto vino a consumar / cuatro siglos de eternas destrucciones”. Pero sí podemos concluir con las mismas líneas que cierran el poema de Pacheco: “Nunca será posible aceptar lo ocurrido, / hacer un pacto con el sismo / olvidar a los que murieron”.

Pacheco escribió esta obra hace 32 años, pero parece que lo hubiera escrito ayer, cuando aún no se cuestionaban los damnificados lo efímera que nos resulta la vida: “¿para qué construir ciudades, seguir aquí, tener hijos / si basta un estallido de la furia ciega, sin nombre / para acabar con todo lo que somos?”.