El poder, aspiración única

Víctor Orozco

 

Chihuahua.- Si tuviésemos que seleccionar una categoría que mejor sirviera para entender la política del México actual ésta sería el concepto del poder. Me explico. Cada época tiene su “marca”, que la define con mayor legitimidad. En el tiempo que antecede a una revolución o durante la misma, privan los individuos y las organizaciones comprometidos con un cambio, perseguido en tanto que los gobiernos y sus representantes chocan con ciertos ideas que han ganado primacía.

A los protagonistas de las pugnas resultantes se les identifica como liberales, conservadores, insurgentes, revolucionarios, anarquistas, reaccionarios, comunistas, socialistas, etcétera, según el lugar que toman, con relación a los idearios y a los intereses en lucha.

Incluso a todo un período puede llamársele “liberal” o “socialista”, justo porque las sociedades en su conjunto se orientan hacia propuestas o planes generales con estas definiciones. Hay pues una asociación con proyectos generales de organización o reorganización de la sociedad y también con la defensa de los regímenes antiguos.

En estas tesituras, las ideas juegan un papel determinante. Tal es el caso por ejemplo de México en el curso de la guerra de independencia o de la reforma liberal, para poner dos ejemplos bastante ilustrativos. O de la revolución hasta 1917.

Los insurgentes entre 1810 y 1821 fueron construyendo un programa con base en las ideas de la igualdad, del reconocimiento del mérito como única distinción aceptable entre las personas, de la edificación de una nueva patria, del gobierno emanado de la voluntad popular en contra del monarca por la gracia de dios, entre otras.

Los liberales reformistas de 1855-67, pretendían alzar una nación de ciudadanos libres, acabar con los privilegios del clero y del ejército, sacudirse el yugo de la educación dogmática, instituir de una vez por todas la libertad religiosa o de conciencia. Entre 1910 y 1917 cobraron vigencia las luchas por la democracia política y los derechos sociales.

Estas dos aspiraciones distinguieron a los revolucionarios en general, no obstante las múltiples fragmentaciones en su campo. Todavía en las postrimerías del siglo pasado las jornadas que dieron lugar a la fundación del PRD y antes, las insurgencias cívicas encabezadas y aprovechadas por el PAN, tenían un componente ideológico donde se fijaban altos objetivos sociales.

En cambio, el México de hoy se parece hasta cierto punto a las repúblicas y principados italianos del Renacimiento, que le dieron a Maquiavelo el material histórico para escribir El Príncipe. Entre el Papa Borgia y los demás que ocuparon el trono de San Pedro, los Medici, los Sforza, etcétera., no puede encontrarse una sola idea que animara su actuación como políticos. Bueno, sólo una, que excluía y eliminaba a cualquier otra: la del Poder, escrito con mayúscula.

Cualquier camino era bueno si podía conducir o acercar al control o dominio de los ejércitos, propiedades territoriales, palacios y fortalezas, curias, obispados, tronos. El enemigo de hoy era el aliado de mañana.  Todos los partidos, tendencias, personas o grupos obedecieron a la pura y descarnada divisa de alcanzar el poder.

Desde luego, entre los políticos mexicanos de hoy, no se usan los banquetes con venenos, los pesados cortinajes con agujas emponzoñadas o el puñal aguardando tras la puerta, para dirimir una disputa. Pero sí se muestra el abandono casi completo de las ideas y el cinismo puro en la utilización de las pocas que quedan.

Veamos: ¿Hay algún resto de la antigua aspiración de la “justicia social” puesta en el lema del PRI?. Del presidente de la República para abajo, sus miembros con desempeño en el Estado, dedican sus esfuerzos al enriquecimiento personal. En las reyertas internas del PAN, ¿Hay alguien que tenga en la memoria la “brega por la democracia?. O en el PRD, ¿Existe algo más que la búsqueda del acomodo en los puestos públicos y el disfrute de canongías?.

Morena, el partido de AMLO reclama ser el último refugio de las ideas en el muladar político mexicano. Sin embargo, igual es el refugio de los desplazados, oportunistas, arribistas, mercenarios cuyo único aporte (potencial) es ofrecer votos arrancados a sus antiguas organizaciones. Buena parte de las candidaturas morenistas según las vísperas, se nutrirán con este material de desecho.

El denominador común que resta después de eliminar el fárrago electorero, es la ambición por el poder. Allí reside el leit motiv de la clase política en su diversidad de colores y siglas. Es bueno tener claridad sobre este punto, para no andar con desengaños o pidiéndole peras al olmo. Bueno de tonto o ingenuo estaría un romano o un florentino del siglo XVI demandando al papa en turno o a cualquiera de sus príncipes que se condujeran con veracidad y honestidad, en cumplimiento de ciertos mandamientos cristianos.

Esta mutación de los partidos políticos en agencias o mecanismos dedicados exclusivamente a llevar a los puestos públicos a sus dirigentes y clanes familiares, es la causa del desencanto ciudadano. La gruesa mayoría va a las urnas con desgano, a depositar su voto por “el menos peor” o en contra del que no se puede esperar otra cosa que raterías y simulaciones. Muy lejos están en el pasado las movilizaciones de entusiasmo por los colores en los cuales se representaba una causa compartida por millones de conciencias.

No escribo estas líneas con amargura, ni con añoranza. Trato de entender el momento y hasta cierto punto el espíritu de la época. Observo la ausencia o languidez de los principios en el quehacer partidario-electoral y en sus protagonistas, pero veo también que las miras altruistas, los objetivos y anhelos de justicia e igualdad, de honestidad en las funciones del Estado, permanecen en el escenario nacional, como una poderosa reserva moral que mantiene en pié a la nación.

Están ausentes de los partidos, en mayor o menor medida, pero siguen firmes en otros ámbitos de las colectividades. A la luz de estos códigos morales y políticos, heredados culturales de la nuestra y de otras experiencias históricas, buscamos modelar nuestro comportamiento y calificar o descalificar la actuación de los gobernantes.

Por ejemplo, el PRI perdió la gubernatura del estado de Chihuahua porque la mayoría de la población reprobó la conducta deshonesta del gobierno de César Duarte. El “fiscal carnal” que se convertiría en el instrumento para cubrir las espaldas  a Peña Nieto y demás, recibió un golpe demoledor cuando se supo que eludía el pago de impuestos como propietario de automóviles de super lujo.

En las elecciones del 2018, abrigo pocas expectativas de que se produzca un cambio sustancial en los modos de conducir el país. Sin embargo, si aquel es posible, estaríamos más cerca del mismo eligiendo a Andrés Manuel López Obrador, no obstante sus distintivos caudillescos, su pensamiento conservador en varios temas claves de la vida moderna, su pragmatismo que le autoriza alianzas con indeseables.

Puede que su discurso contra la corrupción, convertido en el eje de su militancia política y asumido por incontables ciudadanos, sea un instrumento para que poderosas fuerzas sociales se abran paso y limpien por un largo tiempo a las instituciones púbicas, convertidas en una fuente inagotable de latrocinios. Debo repetir una frase ya gastada, pero oportuna e inteligente: es el optimismo de la voluntad, no obstante el pesimismo de la inteligencia.