Bien al tiro
Gerson Gómez

Monterrey.- A la primera de cambio te metes en la rueda entre los danzantes. Los mirones son de palo, para la rechifla o para los aplausos. A la vida solo hemos venido a gozar. Mover la cadera por aquí, deslizar los pasos por allá. Gastar la suela. Desempolvar el esqueleto.
   Hay muchos ojetes mal pasados, con una vibra muy densa. Juzgando sumarios cuando trastabillas o equivocas el paso. Juez perfecto, solo Dios en los templos y en las iglesias y los jotos de la tele en bailando por un sueño.Nada de eso. Los valedores, los tarzanes del barrio no andamos con medias tintas. Le atoramos macizo. Jamás dejamos pasar una oportunidad para el apañe.
   Ya colocaron el sonido, hasta lo viciaron. Están cartonenando los conos debajo de las rejillas de metal. Las dos bocinas montadas en sus bases. Conectada la mezcladora y el parlante.
   Sabrosear en medio de la alameda central. Mientras los paseantes con sus familias se van bamboleando, entre la turba frenética, con los milagrosos paquetes de regalos fabricados en China para el día de los santos reyes.
   El aroma de los esquites, las mazorcas con sus dientes amarillos, quemados en la leña y en los cazos con agua evaporada. Los puestos con garnachas de precio infantil. La romería entre la locura emancipada. Totémicos rostros del altiplano, el referente mestizo e indígena de la nación mexicana. Nadie sale vivo, sin completar el antojo.
   Quienes se les sorprenda bebiendo en la vía pública se les consignara a las autoridades. Ay tú la traes y no me la pegas. En las jardineras, en los rodetes, abundan los envases vacíos de cerveza, las anforitas de plástico del Tonayan. La ropa interior sucia y abandonada. Los condones usados. Voy derecho y no me quito.
   Registro abierto.
Me tiene con la mirada prendada. Como si nos conociéramos desde siglos inmemoriales. Lo estuve observando desde la salida del metro. Si ya sabe cómo es uno de desconfiada. Aproveché la tarde libre, al salir del taller de costura.Con el baile me desconecto de las presiones. Mientras uno da vueltas se va arrullando con la música. Se imagina flotando en una nube. Todos los rostros difuminados entre la cadencia y la prisa.
   Ricos o pobres, gays, lesbianas, heterosexuales, en la danza todos somos iguales. Respetas el sincopado de la melodía o te vas al carajo. Te regresan a la multitud de desconocidos. Buscas la oportunidad redentora. La limpia de pecados cuando una mano te jala a la pista. Has pasado por el purgatorio.
   Superaste con creces la prueba de la aflicción. La cruz de tu parroquia, el valedor de la mirada inconfundible, comparte con otro de su mismo sexo. Te anexa al triangulo encantado.
   La cumbia congalera, de arrabal, la de los sonideros de barriada brava, eres el trompo chillador, la mortificación de las buenas conciencias, exhibición de piel escotada, tu mayor embrujo.
   El embuste de tu competidor, mojarse los labios, echarse para adelante, levantar el trasero emplumado. Sibarita descastado, piensas. A cada vuelta te fulmina en el orificio de las imposibilidades. Tratando de hacerte perder la serenidad y el pulso de la canción.
   Machorra te dice cuando chocan. Puto salvaje le respondes. Golpeas el cemento, como si lo pisotearas. El maestro de ceremonia promete incrementar los decibeles, solo si quienes están de paso con el contingente, frenan la huida con aplausos para las parejas.
   Les juegas sucio. Inviertes el papel. Dominatrix espontanea, sin amparo ni replica disponible. Los haces bailar al ritmo de tus brazos. Pulpo dictatorial, el dictado de la conciencia. En la calentura del momento, sorprendidos ambos, el Caifán y el Muxe, aceptan tu rol de lideresa de la lagunilla. Los haces sudar la entrepierna con la exigencia. Gotean impacientes. A velocidad luz.
   Hasta los nuevos dueños de Tepito, la avanzada coreana, si los tuvieras enfrente, bailarían esta cumbia rebajadota, pastosa. Les pondrías cuota de recuperación, usufructo del tiempo, ensoñación del alta sangre mexica, de tus antecesores sin dejarse sorprender por los inicuos.
   En un minuto de silencio, de corto en la mezcladora de audio, le dices al Caifán al oído: invítame a cenar a la Fuente de Trevi. Luego nos vamos a clavar. Le permites de nuevo recobrar su imperio. Te lleva fuera del círculo de fuego.
   Sonríes y le lanzas un beso al aire a quien trató de sobajarte, de hacerte el gane, tu día, en el baile de la Güera.