AL BORDE
Fábula sobre el juego de hu-manos
Jorge Castillo

Monterrey.- Érase una vez un niño llamado Jesusito, quien impaciente le pedía permiso a su mamá para que lo dejara ir a jugar con sus vecinitos.
–Ándale amá, dame permiso de ir con mis cuates a enseñarles el juego de “manitas calientes” que me enseñó ayer mi bapá. ¿Sí, ándale di que sí, sí?
–Pero Jesusito, ya sabes que tu papá te dijo que ése “juego de manos también puede ser de villanos”.
–No te preocupes amá, yo ya me lo aprendí bien y se los voy a explicar igualito a como me lo explicó bapá, ¿ándale, puedo, sí?
–No sé Jesusito, la mamá de Caíncito me dijo que aún tiene muchos problemas de coordinación psico-motriz y que su tutora de Educación Especial de la Escuela Primaria “Don Alfonso Martínez Domínguez”, no le ayuda mucho. Tal vez no sea el momento, mejor otro día.
–¡Ay amá! es que por lo mismo veo que Caíncito medio se enoja con su hermano porque se siente menos hábil e inteligente, y yo quiero enseñarle las cosas padres que me enseñan tú, bapá y las mises del Montessori, para que él aprenda cosas nuevas y deje de sentirse mal por eso, y también para que le ayude a juntarse más con los otros vecinos.
–Ándale pues Jesusito, tú y tu corazón de pollo. Pero no te entretengas mucho, porque acuérdate que más tarde le vas a llevar lonche a tu papá en la Cooperativa Los Viveros y yo no podré pasar a llevárselo, porque hoy moví los horarios de los cursos que doy en la universidad sobre Diversidad Sexual, Equidad de Género y Debate Feminista. Y no se te vaya a olvidar que hoy le toca a tu papá trabajar en el jardín II-080-11 ¿te acordarás bien? Ya sabes que a veces te confundes mucho y medio batallas con la configuración de las letras y de los números. Y tampoco te atrases porque terminando él se va directo a su voluntariado, ¿eh, me entendiste?
–No amá, no se me olvida y le llevaré su lonche a la hora, te lo prometo. Sirve que le cuento a bapá cómo me fue con mis amiguitos.
–O.K., anda ve.
–¡Gracias amá!
Y así fue que Jesusito salió de su casa tan contento que hasta se saltó las trancas del establo y tiró pa´l monte brincoteando –igualito al niño del comercial del “qué rico pollo”– rumbo al desierto, que le quedaba de paso para llegar a casa de sus amiguitos Caíncito y Abelito.
Mientras, su mamá veía cómo se alejaba mostrando su grande alegría en sus multilaterales caras de baqueta y entre sus adentros se decía: mañana tengo que ir a platicar con sus maestras para ver cómo va con sus ejercicios del “habla”.

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