INTERÉS PÚBLICO
Sin pronóstico
Víctor Reynoso

Puebla.- Parecía tan obvio, que muchos pensaron que no sería cierto: Ricardo Anaya va a ser el candidato a la presidencia del llamado Frente Ciudadano, alianza electoral del PAN, PRD y Movimiento Ciudadano. Como casi todo en este proceso electoral, el hecho tiene valoraciones muy distintas, antagónicas incluso.
   Quienes lo ven como algo positivo, resaltan la realización de una alianza. Pero la alianza en sí misma no es un mérito. Sólo adquiere sentido si tiene un fin. Y no es claro el fin de la coalición entre estos tres partidos.
   Hace ocho años, en 2010, se dieron coaliciones similares, encabezadas por el PAN y el PRD. Su objetivo era sacar del poder al PRI en estados donde no había habido alternancia.
   Y alianza y la alternancia se lograron en tres estados: Oaxaca, Puebla y Sinaloa. En ese entonces tal objetivo pudo haber tenido sentido. Hoy es más difícil. Por un lado el PRI ya ha estado fuera de la presidencia de la República, y el resultado no fue notable.
  Tampoco fue notable lo que sucedió en esos tres estados en donde se logró derrotar al PRI en 2010. Tan no lo fue, que hoy los integrantes de la alianza ni siquiera nos han recordado a sus gobiernos aliancistas en Oaxaca, Puebla y Sinaloa. Ni creo que lo hagan: no parece haber gran cosa que recordar, no parece haber logros significativos en los gobiernos que en esos estados sucedieron a los priistas.
   Más en general, la imagen de gobernadores y exgobernadores no parecen pasar por un buen momento. A fines del siglo pasado parecería que la gubernatura sustituiría al ser miembro de gabinete como antecedente a la presidencia de la república. Por lo menos desde 1934 hasta 1994 los presidentes salieron del gabinete anterior. El caso de Vicente Fox parecía cambiar la ruta: ser gobernador preparaba mejor para la presidencia que ser secretario de Estado.
   En 2006 dos de los principales candidatos, López Obrador y Madrazo, tenían como antecedente más importante haber sido gobernadores, de la Ciudad de México el primero y de Tabasco el segundo. Peña Nieto en 2012 parecía confirmar la ruta de Fox: haber sido gobernador era el mejor antecedente para ser presidente.
   Pero en 2018 esto cambió. López Obrador está donde está no por haber sido jefe de gobierno de la Ciudad de México, sino por ser López Obrador.
   Es decir, por haber heredado el carisma de Cuauhtémoc Cárdenas, carisma en el que se depositan las esperanzas de quienes creen en el nacionalismo revolucionario, en lo que se conoce como izquierda, o en la idea de que hasta ahora los gobiernos han trabajado para los ricos, y el tabasqueño trabajará para los pobres, transformando sustancialmente la distribución del ingreso en México.
   Los otros dos candidatos no han gobernado sus estados. Mead siguió el camino del priismo del siglo XX: pasar del gabinete federal a la candidatura. Anaya tiene una trayectoria más novedosa. Su cargo más visible ha sido el de presidente de su partido, el PAN. No lo ayudará mucho el haber pasado de esa presidencia a la candidatura. Sin estar de acuerdo en que se convirtió en el dictador del PAN (no es fácil, o no es posible, controlar por la fuerza a las distintas fuerzas políticas al interior de ese partido) no se ve bien el paso directo de presidente a candidato presidencial.
   Ya perfilados los tres principales candidatos, no hay pronóstico para esta elección. Tiene clara ventaja López Obrador. Pero como se sabe: su piso es muy alto, pero su techo es muy bajo. Tiene el voto duro más amplio de los tres. Pero también el rechazo (como individuo, no como partido) más grande. Es probable que las preferencias por él no crezcan mucho. El probable que disminuyan, si sigue haciendo declaraciones como las de las últimas semanas (señoritingos, pirrurris, blancos, amnistía para el crimen organizado). ¿Será que López Obrador es el peor enemigo de López Obrador?
   Mead y Anaya empiezan mal. El primero como candidato del partido más rechazado, el PRI. El segundo muy golpeado por la propaganda adversaria, con un partido dividido y con el cuestionamiento de haber pasado de presidente a candidato. Todavía falta lo más intenso del proceso electoral. Muchas cosas pueden cambiar. Empiezan tres, terminarán dos. Veremos quiénes y con cuánto.