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UN POETA REGIOTAPATÍO
SÓLO UN PUENTE ENTRE PALABRAS

Melanie Gómez*

¡Auxilio!: necesito a alguien
ella está amarrada en las vías del tren (vestido amarillo y calzonera blanca)
el vaquero oculto en la pradera viendo el espectáculo de unas niñas bañándose en el río
el tren humeando a lo lejos
el alboroto de azúcar en el río
el cigarrillo pall mall en la boca del héroe
(que apenas se alcanza a distinguir)…
¡Auxilio!


    Resuenan las palabras tras un pequeño estrado que resguarda la presencia de unos lentes oscuros y el sombrero, quizá de charol, en un naranja opaco; se percibe el jugueteo de unas cejas que se alzan y un ceño que se frunce de manera constante y la cabellera larga y lacia que le sigue el paso al bamboleo de una pícara sonrisa.

    ¡Auxiliooo!

    El aire se impregna de poesía con el ímpetu de un vaquero regiotapatío del 65. Su voz se transmuta en la energía de sus letras, es potente, juega con ella. Tiene 49 grados de la fiebre del oro. Silencios. Repuntes. Respiraciones aceleradas. Unos ojos hasta el momento ocultos detrás de los lentes que se burlan entre un negro y morado de aspecto psi-co-dé-li-co.

    Los presentes no pueden más que mirarlo. Algunos como extrañados, otros conocen ya su poesía, han escuchado la balada de las últimas bombas, saben que Frank canta siempre las mismas canciones cuando poeta, como una extensión de sus versos, gira su cabeza y mueve sus brazos en total libertad, pero para él la libertad

es una verde señora francesa
que ilumina con su antorcha el puerto de new york
la libertad es tan libre que no se ha detenido con nosotros
es esclava de lo que le viene en gana y no le importan las consecuencias

y es que la libertad en sí misma es desnuda y feliz
por eso las autoridades nos protegen muy bien de ella

    De pronto calla, acaricia su barba, sonríe y en los altavoces sorprende una voz de alguien hasta el momento ausente, pues Eugenio no había sido ciertamente. Interpretando el papel de sus distintos personajes, era un pobre, un sustituto de juguetes sexuales, poesía y no más que “un puente entre palabras”. Por primera vez se escucha al invitado que se había anunciado en un principio. El performance se interrumpe y es ahora José Eugenio Sánchez, creador del fenómeno poético Underclown, merecedor del X Premio Internacional de Poesía Fundación Loewe, a la joven creación en 1997, Premio Poesía de Monterrey en 1991, becario del Centro de Escritores de Nuevo León en 1992… Guionista, poeta, director de cortometrajes, y “símbolo sexual de una banda de rock” (Un país cayendo a pedazos).

    Si-len-cio… Pausas marcadas. A ratos hojea sus libros para acudir a alguno de sus textos, pero la mayoría son recitados de memoria, y sin falta de euforia. ¡Ja, ja, ja! su risa es juguetona, rompe con la indiferencia del espacio, un sonido estridente que desafía la pasividad de las cosas, que incita al movimiento de los pensamientos inertes. Después retoma el hilo, con un cambio de planes en el programa; leerá algunos poemas escritos para “unas chicas que no le quisieron dar las nalgas”. Pronto, los versos engullen de nueva cuenta al poeta.

Eugenio escribe la vida, su vida, la ajena. Ha escrito ya que Mick Jagger no cantará satisfacción a los 50, cuando de pronto New York se quedó sin Joseph Brodsky, ante ojos incrédulos a contado que frente a su casa vive Dios, y, en algún momento, escribió lluvia…

y más abajo la palabra
paraguas
y debajo de esta
escribo tu rostro
y borro una avenida
donde pocos vehículos
circulan hasta tarde
agrego plato de sopa
y muchas botellas de vino
antes de cerrar el cuaderno
anoto rápidamente
tus pelos iluminados
a la luz de la mañana
Estoy más cómodo en tu cuerpo que en el mío

Los lentes desaparecen dejando al descubierto dos pequeños ojos negros de mirada tentativa; el sombrero, quizá de charol, desenmascara la mentira de la oscura cabellera en tono con algunas canas, exponiendo una calva que antecede como en desierto a la caída en cascada del cabello. Se dispone a contar el increíble mundo de las máquinas.

    Aplausos, miradas fijas… Si-len-cio. El auditorio es sorpresa y desapego de lo personal, erotismo al vuelo de las paredes blancas e ironía de lo cotidiano. El auditorio es un escritor regiotapatío y el género underclown, un género alternativo de la poesía que pretende un lenguaje subversivo a los convencionalismos de la poética tradicional, recitando cada verso con humor y frescura, incitando a lo absurdo para divertir al lector, pero también para generar pausas de reflexión.

    Más tarde, con vino en mano, dirá que para él “la poesía es un objeto que está diseñado para fines específicos…Entonces es como si fuera una capsula que tiene muchas sustancias y tiene distintos efectos… No sé siempre los resultados, busco ciertos, pero después me sorprende de que tienen otro”. Pero por lo pronto el vino lo espera unos poemas más. Con jóvenes, hombres, mujeres, adultos y gente de mayor de edad… espectadores unificados en la sintonía de una misma narrativa, fluyendo cada uno en su propiodeleite de las sustancias que supuran los labios del ahí presente, que exalta aquella voz de entonación profunda, psi-co-dé-li-ca.

    La felicidad para Eugenio parece desplegarse en cada estrofa, con cada ademán de su cuerpo y los gestos que acompañan las variantes entonaciones de sus letras; como el humo de un cigarrillo que se desprende y se contagia, se inhala y se adhiere a las ropas y a la piel con un aroma inconfundible. Para él, la felicidad es una pistola caliente.

    Volatiliza una realidad hasta el momento ignorada y la pasea a su manera, la expone ante los ojos madrugados en su letargo de indiferencia. Pocos tomaban en serio a este poeta perdido en los límites de la cordura, ajeno y querelloso a los romanticismos, a las expresiones rimbombantes. Ahora su voz se despliega en pensamientos y reflexiones, en torno a una sociedad perdida en problemas que son cada vez más imperantes, donde el sexo es un tabú que se niega a pesar de colindar con sumas verdades, una realidad donde la cotidianeidad ha pasado a ser no más que eso, cotidianeidad; donde el momento puede ser aplausos, risa, si-len- cio, lentes y poesías de materia psicodélica, materia real y tangible, mientras la vida… es un invento del dinero.

    Al final de los versos, bebe vino. Su mirada es de una pasividad curiosa. Es José Eugenio Sánchez, es el vino que remueve en aquel vasito de plástico antes de ponerlo en contacto con sus labios, es el espacio que escudriña con la mirada, como en busca de la respuesta a toda pregunta que se enarbola frente a él, es poeta. “Soy el artífice entre mis textos y la realidad que me llevó a escribirlos, soy un transporte entre esa cuestión abstracta y llevarla a la cuestión escrita”. Es un puente entre palabras.


*Guadalajara, Jalisco, 1998. Estudiante de Periodismo y Comunicación Pública en el ITESO. Escribe relatos cortos y crónica. Dedicada a la búsqueda de historias perdidas, ecos encajonados y pensamientos sin voz. En cada persona hay una historia, cada objeto guarda un pensamiento y todo semblante de engaño una ilusión. E-mail: melangc198@gmail.com

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