ELOY GARZA

GONZÁLEZ

El poeta y su novia despechada

Eloy Garza González

 

Monterrey.- Esperanza Nieto, regiomontana nacida el 5 de mayo de 1902, nunca dejó de ser una ama de casa. Su moral conservadora, su ilusión de casarse de blanco y por la iglesia, le marcaron una vida convencional.

Debía sentirse a buen recaudo: de los brazos protectores de sus padres, a los abrazos apasionados de un marido. La joven morena y esbelta despreciaba su ciudad natal, Monterrey y amaba su ciudad de crianza: Villahermosa, Tabasco.

Con sus cinco hermanas mayores y su madre Lilia Merino, paseaba en las tardes por el Jardín de la Paz. Juntas, soñaban cómo sería el futuro prometido de Esperanza: varonil, profesionista, romántico, acaso poeta. Su padre, el ingeniero Manuel Nieto no era celoso, y él mismo la alentaba a ser pronto una esposa diligente y una buena madre: paso obligado en su camino de perfección.

El prospecto no le llegó de las áridas tierras regiomontanas sino de las húmedas selvas tabasqueñas. Perfil patricio, voz grave de macho alfa, viajero y poeta. Lo presentó a sus padres: Carlos Pellicer, a sus órdenes, señores y a sus pies, señorita. Le besó la mano como antesala a los besos en los labios. Y Esperanza cayó rendida. Es decir, cómo pasa en estos casos, se enamoró.

El novio no podía cederle su tiempo completo. Era hijo de padres nómadas, de las Lomas en la Ciudad de México, a Campeche y San Juan Bautista, Tabasco, dedicados con fervor a la causa revolucionaria. Luego el hijo inquieto se volvió confidente de José Vasconcelos quien lo mandó a conocer el mundo: Francia, Italia, España.

Esperanza le escribía cartas encendidas de ilusiones y el novio le regresaba misivas con el corazón inflamado de pasión. La distancia enardecía sus sentimientos. Al mismo tiempo publica su poemario: Piedra de sacrificios. Vasconcelos manda a Pellicer a Bogotá, Colombia. Lo convierte en viajero irredento. Pero su mente volvía noche tras noche a Tabasco, donde dormía su amada.

Pasaron cuatro años. Los padres de Esperanza observan a su púber hija, desconcertados. Querían que el novio distante consumara el amor jurado. Pellicer les responde, una y otra vez, que sus intenciones siguen firmes. Ruega esperar a Esperanza. Escribe poemas nostálgicos: “Os conocí una tarde, ¿lo recordáis, señora? / Diciembre era una enfermo, como lo soy yo ahora”.

El viajero Pellicer parece desesperado de su suerte. Ella le reprocha el tiempo invertido y él contesta que la siente “fría en grado supremo”. ¿Es que ya no lo quiere? “El único amor de mi vida, a los 20 años, es el dolor más grande, que mata mis grandes entusiasmos de esta edad prodigiosa y divina”. Ya se ve que el poeta culpa a su amada de su desasosiego. No tiene dinero suficiente para volver al terruño tabasqueño y desposarse con ella. Pero hay que tener esperanza, le pide a Esperanza.

Una carta, llena de nostalgia juvenil, de Pellicer a su amigo José Gorostiza, que ya se perfilaba como el gran poeta que sería con Muerte sin fin, arroja claridad en la bruma: tras tomar el tren rumbo a Nueva York le dice extrañar mucho a Esperanza, pero luego le reprocha a Gorostiza que no fuera a despedirlo a la estación.

¡Cómo quisiera tenerlo ahora al lado suyo, conociendo Nueva York! “Me haces mucha falta” le confiesa el poeta al otro poeta. Y la verdad revienta como granada dulce. Todavía en 1926, él le escribe a ella: “El teléfono llama, pero todo es inútil, / porque tú y yo estaremos siempre azules de ausencia”. ¿Pero se refiere Pellicer a Esperanza o a Gorostiza?

¿Por qué jugó tantos años Pellicer con los sentimientos de su amada y con los suyos propios? ¿Qué lo llevó a considerarla el “castillo de mi alma sonora”? ¿Por qué le escribió durante años decenas de versos tan fervientes como éstos: “Vos sabéis que os adoro? / Vuestros ojos me han dado un sorbo de dolor…/ Yo sufro en el silencio de un crepúsculo de oro / y entre la sinfonía de mis versos de amor…”?

En 1926 mueren los padres de Esperanza y ella se muda a casa de una hermana en la Ciudad de México. Allá conoció al médico cirujano, José Monroy Velasco. Se casaron el 4 de mayo de 1928 y vivieron en la colonia Hipódromo Condesa. Pellicer se convirtió en uno de los más grandes poetas de México y murió en su casa de Las Lomas en 1977. Ella murió en 1981, sin volver a mencionar nunca a su amor platónico, juvenil. Solo sonreía al escuchar su nombre. Dios propone y las hormonas disponen.