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22 septiembre 2010
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Las alianzas van
Juan Reyes del Campillo

Si el gobernador Enrique Peña Nieto estaba convencido de que su sucesión en el estado de México sería un asunto de trámite, la posibilidad de una alianza opositora ha terminado por complicarle el escenario político. Recientemente señaló que las alianzas no le quitaban el sueño, sin embargo, terminó por generar mediante el Partido Verde una iniciativa para inhibirlas, reducirles los recursos y establecer plazos mínimos para el desarrollo de las campañas políticas. 
                                                                       
Lo anterior significa que para unirse en un frente opositor será necesario establecer una coalición, ya que la conformación de una candidatura común quedará prohibida. Al coaligarse, solamente podrán contar con un representante en los organismos electorales y recibirán para su campaña recursos como si fueran un solo partido.

Pero lo que no deja de llamar la atención es que esa misma situación la tendrá que padecer el PVEM, el cual seguramente se habrá de coaligar con el PRI y, por tanto, desaparecer prácticamente del panorama durante la campaña de gobernador. Es sabido que este partido no tiene expectativas propias y estará a expensas de lo que el gobernador le aporte por debajo del agua. Otro extraño comportamiento lo tiene Convergencia, ya que sus diputados también estuvieron de acuerdo en aprobar la iniciativa, lo cual demuestra la capacidad del gobernador para corromper a los adversarios.

Pero si las intenciones de Peña Nieto son impedir la concreción de una alianza, estas actitudes lo único que van a lograr es reforzarla. Todo hace pensar que su temor es bastante grande y está mostrando el daño que le pueden causar a su anhelada candidatura presidencial. Al final del día, parece claro que las alianzas entre el PAN y el PRD resultan veneno puro para PRI, quien las entiende como la estrategia de sus opositores únicamente para arrebatarle el poder. Es obvio que no acepta que un triunfo opositor llevará a la aplicación de políticas públicas muy diferentes, con objetivos y destinatarios distintos.

Pero si las alianzas le han complicado la vida al Revolucionario Institucional, también lo han hecho con la parsimonia en el Tribunal Electoral. La decisión que tomaron recientemente sobre la elección de Durango los vuelve a colocar en el ojo del huracán, en donde otra vez se les hizo bolas el engrudo. Reprochan la violencia, pero la minimizan al señalar que esta no fue determinante para el resultado de la elección.

Argumentan que fueron los comicios de la entidad con mayor participación en la historia, lo cual no tiene nada que ver con las irregularidades de la elección. También se puede señalar que fueron los comicios con mayor competitividad debido a la fuerza que alcanzó la coalición opositora, y que precisamente de ese tamaño fueron las anomalías y la intervención gubernamental en el proceso electoral.

El Tribunal Electoral no asume su obligación y responsabilidad en la necesidad de inducir a la realización de elecciones limpias. Pretende ponerse por encima de los actores políticos y no se da cuenta que termina convirtiéndose en un jugador más, no por sus acciones sino por sus omisiones. La presidenta del Tribunal, la magistrada Alanís, señala correctamente que ante la inseguridad las instituciones deben salvaguardar la integridad de los procesos democráticos. Sin embargo, poco hacen para asumir ese compromiso.

A diferencia del PRD, el PAN no parece tener muchos problemas internos con la conformación de las alianzas. Las van a propiciar en donde no tengan una perspectiva propia y consideren que son el mecanismo idóneo para lograr la alternancia. Por su parte, en el PRD, cada día hay quienes se oponen con mayor fervor. Empero, tal parece que no les preocupa que las alianzas avancen sino que quienes la promueven se posicionen y fortalezcan al interior del partido. Hace unos días su Consejo Nacional fue interrumpido por quienes se oponen a la dirigencia de Jesús Ortega, en donde no se encuentran salidas a las diferencias.

Cada vez es más claro que en el PRD están teniendo mayores dificultades para procesar la presencia de las dos fuertes candidaturas que tienen para competir por la presidencia de la República. En muchos sentidos, las alianzas han resultado un buen pretexto para la confrontación, pero las diferencias son en realidad de otro tipo y tienen que ver con la manera de construir la candidatura y con las fuerzas que apoyan a cada uno de los dos prospectos. Cualquiera pensaría que lo mejor es acumular fuerzas, pero tal parece que de lo que se trata es de iniciar la disputa lo más pronto posible.

En todo caso, habrá de ser el tiempo lo que determine el rumbo de los acontecimientos. Lo que es evidente es que las alianzas caminan y modifican el escenario en el que se involucran el conjunto de actores políticos. Como las apuestas aumentan, los jugadores se ponen más nerviosos.

 

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