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27 septiembre 2010
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La hora de los ciudadanos
Víctor Orozco

El 1 de septiembre de este año, se inició en la ciudad de Monterrey el Foro Nacional Participación Ciudadana en el Proyecto de Nación. Las preguntas formuladas por los asistentes en esta primera sesión, en la cual participamos como ponentes Enrique Semo y quien esto escribe, mostraron muy bien la generalizada inquietud e inconformidad que crecen en el país a medida que se advierte el agravamiento de problemas cuyas soluciones parecen más lejanas cada día. Igual sucedió una semana después, con los mismos conferencistas en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez Quizá puedan sintetizarse un buen número de cuestiones en la gran duda que asalta a millones de ciudadanos: ¿puede el gobierno actual con la responsabilidad de conducir a la nación?

Desde hace mucho tiempo en México no se había planteado este cuestionamiento a la actuación de un gobierno nacional. Hoy gruesos sectores de ciudadanos comparten la idea de que el poder real y de facto está siendo ejercido por bandas armadas de criminales en muchas regiones del país. La desesperada y contundente pregunta lanzada por el editorial del El Diario de Juárez hace una semana a estas bandas: “¿Que quieren de nosotros?”, fue comprendida y asumida nacionalmente porque respondió a un estado de ánimo presente en ciudades enteras. Tocó la llaga que nos lastima a todos: el Estado y la ley rigen sólo a medias y en áreas donde no encuentran resistencia como el cobro de los impuestos y exacciones diversas, sobre todo entre los colocados en la base de la pirámide social. Entre tanto, la población se encuentra a merced de extorsionadores, ladrones, secuestradores y asesinos que hacen su agosto casi a la vista de las policías.

En Monterrey, una universitaria se inquiría: en 1810 nos enfrentamos a los extranjeros buscando nuestra independencia; en 1910 el enfrentamiento fue entre el pueblo y el gobierno para liberarnos del yugo de la tiranía; en la época actual, ¿a quién nos enfrentamos? ¿Cuál va a ser el resultado? Pensando en las viejas batallas que libró el país en contra de las intervenciones extranjeras, sobre todo la francesa, otro estudiante interrogaba: ¿si hoy tuviéramos que enfrentarnos a una invasión extranjera, el gobierno actual estaría en condiciones de llevarnos al triunfo? En ambos casos, se advierte en las preguntas el monumental desconcierto que aqueja al México de nuestros días, pero sobre todo a las nuevas generaciones, colocadas en medio de una guerra que no reconoce enemigos identificables y menos aún visibles. Y también la percepción o certeza de que el gobierno es incapaz de brindar un mínimo de seguridad personal y colectiva a la sociedad. Esta apreciación desde luego no se reduce a los jóvenes, sino abarca incluso a grupos que han gozado de múltiples privilegios.

Unos amigos me comentaban las paradojas de la historia: hace cuatro años, miembros de estas elites pagaron la campaña que exhibía a la candidatura de Andrés Manuel López Obrador como un gran peligro para México. Fuera de sí lo creían con sinceridad o no, muchos de ellos han sufrido lo indecible con secuestros o muertes de familiares y el grueso ya se ha ido del país, huyendo del peligro, éste sí real, inevitable y devastador.

El siguiente nivel de los cuestionamientos se refiere a la participación ciudadana. Alguno preguntó con seguridad tratando de recuperar enseñanzas del pasado: ¿qué tan relevante ha sido la participación ciudadana en los procesos fundacionales de la nación mexicana? En lo personal, respondería que ninguno de los tres grandes movimientos que han influido decisivamente en la transformación nacional, (la independencia, la reforma liberal y la revolución de 1910) hubiera sido posible sin la participación de porciones importantes de los habitantes. La primera se distinguió en Latinoamérica porque constituyó una verdadera insurrección de los más desposeídos. Por eso fue igualitaria desde el principio y marcó los rumbos de la futura nación. A su vez, la guerra de reforma pudo ser ganada por los progresistas gracias a la participación de amplísimos sectores emergentes en la sociedad. Lo mismo puede decirse de la revolución de 1910, que trascendió y se mantiene hasta nuestros días como uno de los referentes para entender el presente mexicano, gracias a que constituyó un movimiento brotado de las capas profundas de la sociedad. Igual podemos decir de todos y cada uno de los acontecimientos que han jalonado a México: han sido posibles porque han contado con la participación de numerosos ciudadanos. De esta suerte, ningún cambio que nos lleve a la salida de este agujero, puede realizarse sin este ingrediente.

Y tocando el quid de la cuestión de hoy, un estudiante planteaba: ¿qué tipo de participación ciudadana es necesario construir para hacer frente a los desafíos actuales? Puede acudirse en primera instancia a una respuesta general: una sociedad y una nación son tanto más fuertes como organismos civiles existan y actúen en su seno. Allí donde se han entronizado las tiranías y el despotismo puede constatarse cómo el individuo ha quedado sólo y aislado frente al Estado y sus diversidad de agencias o ramificaciones. En la otra perspectiva, aquellas colectividades que muestran una diversidad o gamas de agrupaciones civiles ocupados en la atención de productores, consumidores, profesionales de distintas disciplinas, defensores de los derechos humanos y las libertades civiles, genuinos partidos políticos entre muchas otras, usualmente se corresponden con situaciones de prosperidad y paz públicas.

Una colectividad fragmentada en sus últimos componentes que son los individuos es presa fácil de cualquier agente destructor, con tal de que éste mantenga un cierto nivel de estructuración y sea lo suficientemente agresivo como para provocar el temor o el pánico entre los habitantes. Si éstos forman agrupaciones de toda índole, están hilando una red que es tan eficaz para fortalecer a los pueblos o ciudades y proteger a los vecinos, como fino es su tejido. Cuando organismos concebidos para provocar y fecundar a la participación ciudadana, como lo son los partidos políticos, devienen en instrumentos inútiles y hasta perjudiciales llega el tiempo de sustituirlos o hacerlos a un lado. En cada barrio, colonia, fraccionamiento, fábrica, escuela es indispensable construir ahora estos organismos que den cuenta quienes son sus miembros y que promuevan actividades comunes de índole diversa.

Con vistas a la agresión de la que somos objeto, es evidente que ha sonado la hora de la organización ciudadana. Hay que escuchar sus campanazos y actuar en consecuencia. Es muy probable que en las zonas más golpeadas por la violencia surjan nuevas acciones de autodefensa como las de Galeana y Ascensión en el noroeste del estado de Chihuahua, o bien respuestas armadas de vecinos agredidos como ha sucedido en la ciudad de Chihuahua. Lo mejor sería que estas legítimas medidas defensivas, se encauzaran en un gran movimiento regional primero y nacional después, que tomara en sus manos lo que el Estado no ha podido hacer: impartir justicia y garantizar la seguridad de las personas. 

El Foro Nacional Participación Ciudadana en el Proyecto de Nación convocado por la UANL y al que se han sumado otras instituciones, continuará en los próximos meses. Contribuirá sin duda a poner de pie a la ciudadanía.

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