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12 de mayo de 2010
15diario.com  


 

Frontera crónica

Niños zetas

J. R. M. Ávila

Acabo de ver la película “Buda explotó por vergüenza”, en la que se narran las tribulaciones de Baktay, una niña afgana de seis años que quiere ir a la escuela y “aprender historias divertidas”. Para lograr su propósito, tiene que pasar por las imposiciones de la familia (cuidar a un hermanito recién nacido), la comunidad (hacer trueque de mercancías para conseguir útiles escolares) y la escuela (ser rechazada en la escuela de niños y después en la de niñas).

 

La película, dirigida por una joven iraní llamada Hana Makhmalbaf, y merecedora de un premio especial del jurado en San Sebastián, muestra además a la niña enfrentada a una banda de niños que juegan a la guerra entre talibanes y norteamericanos, al menosprecio hacia las mujeres, a la intolerancia religiosa, y que no hacen más que imitar lo que han visto hacer a los mayores. De nada sirve que Baktay se resista, los niños insisten en jugar a matarla hasta que entiende que no la dejarán en paz si no les sigue la corriente.

 

Después de ver esta película me quedan más preguntas que certidumbres, no respecto a la sociedad en que se desarrolla, sino respecto a la nuestra. La narcoguerra que vivimos es hilo negro que ya nadie necesita descubrir. ¿Cuánto falta para que nuestros niños empiecen a jugar a esta narcoguerra, si es que no lo están haciendo ya? ¿Cómo recibirán las noticias de enfrentamientos entre las corporaciones del gobierno y las del narco, o entre las de narcos de un bando y otro? ¿Por quién tomarán partido o, lo peor, contra quién? ¿Qué secuelas dejará en los niños esta narcoguerra?

 

Si alguien cree que exagero, eche un vistazo a “Los Niños Zetas”, de Daniela Rea, publicado en la revista Replicante. Ese texto consigna que en 2007 niños y jóvenes de Apatzingán, Michoacán jugaban a ser sicarios del narco. Dos años después, la autora entrevista a uno de aquellos niños y dice: “Daniel Medina, ese niño que disparaba a la gente en la calle con su pistola de juguete, tiene ahora quince años. Cuenta que dejó de ver a algunos de sus compañeros de ‘batalla’ y que uno de ellos está entrenándose como ‘informante’, así les dicen a los muchachos vigías de los narcotraficantes… Hasta ahora, dice, no sabe de alguno que se haya convertido en un sicario de verdad. Tampoco quiere saberlo.”

 

Como vemos, el asunto no se reduce a un simple juego ni es producto de una imaginación desbordada sino a algo en verdad preocupante. Si antes se jugaba a indios contra vaqueros y ahora se juega a soldados contra sicarios, el juego deja de ser un juego. La razón es muy simple, el modelo de indios y vaqueros era de otro país y nos llegaba por la televisión o el cine; ahora, el modelo de soldados y narcos está a la vuelta de la esquina y basta con salir a la calle para verlo.

 

Si todo esto quedara en un simple juego, no tendríamos que preocuparnos ni por atender secuelas. Pero más que de un juego se trata de un entrenamiento para la narcoguerra, de la captación de prospectos para alguno de los bandos de esta guerra que parece no tendrá pronto final. Desafortunadamente, dadas las condiciones de vida que se presentan en nuestro país, muchos de nuestros jóvenes terminarán involucrados en este juego; es decir, se verán orillados, como Baktay, la protagonista de “Buda explotó por vergüenza”, a jugar el juego que les impone esta sociedad para seguir viviendo. ¿O debo decir sobreviviendo?

 

http://fronteracronica.blogspot.com / jrmavila@yahoo.com.mx

 

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