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EL MUGIDO
DE LA VACA PINTA
Guillermo Berrones


culturalogoA mí nunca me contaron que los niños vienen de París, porque en mi entorno París era una cafetería donde trabajaba el tío Lázaro. Y cuando escuché que las cigüeñas los transportaban, ni siquiera sabía qué diablos era una cigüeña. Conocía las grullas, con sus vuelos geométricos, porque en el otoño surcaban los cielos de Victoria, siguiendo las corrientes tibias del trópico tamaulipeco. Pero el origen de los niños fue un misterio durante buena parte de mi niñez. Incluso, cuando nació mi hermana, seis años menor que yo, recuerdo que mi abuela paterna me llevó al hospital y me mostró un bultito de sábanas rosas, luego descubrió un poco el envoltorio y apareció un rostro muy moreno de una criatura chillona y mi abuela dijo puntual: ¡es tu hermana! Enmudecí ante la sorpresa y al mismo tiempo me invadió la angustia: ¿y mi madre, dónde está? Fue una pregunta que me tragué y nunca supe explicarme los sentimientos de aquel momento infantil.
Años más tarde, el destino quiso que la familia fuera a parar a un pueblito polvoso y alegre: Los Aldamas, en el semidesierto de Nuevo León. A punto de abandonar el cuero de la niñez, vagaba junto a la barda del panteón de aquel pueblo de pasaporteados donde me divertía leyendo los epitafios y las fechas en las tumbas más viejas del camposanto. La muerte siempre me ha significado un morbo cargado de curiosa obscenidad, tratando de imaginar qué pudieron haber disfrutado en vida aquellos despojos sepultados; de qué hablaron, cómo vistieron, qué perversiones guardaron en secreto. Y ahí tan calladitos. Bultos de tierra y lápidas frías. Jardín de la melancolía. Hotel de flores marchitas y miedos desatados. Misterio tras misterio. Eso es la muerte y para mí, en aquel entonces también lo era la vida misma, el nacimiento.
No imaginaba que a unos cuantos metros de aquellas cavilaciones, la naturaleza misma me develaba un secreto: una vaca pinta (aunque parezca un lugar común, pero aquella vaca era pinta: negro con blanco), junto a otras de variadas tonalidades, mansamente mordisqueaban el pasto de aquel suelo fangoso, pues las lluvias habían humedecido el campo y los mosquitos molestaban con la artillería pesada de sus escuadrones. La cola de las vacas los espantaban y yo con una rama de coyotillo hacía lo mismo sin mucho éxito. Me detuve junto a la cerca, pues me llamó la atención que aquella vaca pinta no dejaba de comer hierba y su cola levantada ya no espantaba mosquitos sino que dejaba ver una dilatación como si estuviera a punto de defecar. Un chorro enorme de aguasangre brotó como fuente y la vaca seguía comiendo desinhibidamente; ni mi presencia morbosa le incomodaba.
Aumentó la dilatación y ahora asomaba una oscura protuberancia, que en pocos segundos era ya una cabecita de becerro blandengue que colgaba de la vaca. Después vino un bramido fuerte, la Pinta por fin dejó de comer y el mugido lo lanzó con tanta fuerza, que aquel becerrito salió expulsado y directo al suelo lodoso. La dilatación cedió y la vaca pinta se volvió para limpiar con su lengua el cuerpo de su hijo, con la ternura de una vaca recién parida. Media hora más tarde el becerrito, también pinto como su madre, daba brincos torpemente buscando la ubre de su madre. Aquello era la luz, el nacimiento de un nuevo ser, la vida misma.

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