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En el aula está el germen de la disciplina / Juan Angel Sánchez

A todos consta que un día sí y otro también se reitera en los medios masivos el poco satisfactorio estado de cosas que vive el sistema educativo mexicano y, por supuesto, en forma obligada, se dan a conocer también las iniciativas con las que se trata de poner remedio a la situación, producto, éstas, de sesudos estudios de especialistas y funcionarios del más alto nivel.
En todos los casos hay un supuesto básico que a veces se hace explícito, pero en general poco se toma en cuenta: la calidad académica, alta o baja, se produce o se deja de producir, siempre, en el salón de clases, a lo que se debe agregar un componente igualmente esencial: el maestro y su práctica, la práctica docente.

Pues bien, en el año 2003, las investigadoras María Cecilia Fierro y Patricia Carvajal publicaron su libro Mirar la práctica docente desde los valores y ofrecieron en él una serie de conclusiones no por conocidas menos inquietantes, que fueron reproducidas por Ricardo Raphael en su libro Los socios de Elba Esther, de donde tomamos las ideas que exponemos a continuación. Desde tiempo inmemorial, tres frases dedica diariamente a sus alumnos el profesor de educación básica; ¡”Guarda silencio!”, “¡Pon atención!” y “¡Trabaja sentado en tu lugar!” Las tres tienen como denominador común inculcar el respeto a la autoridad.

Pero las cosas no quedan ahí, hay un trasfondo: el maestro es un sujeto al que hay que obedecer para que sea posible la disciplina sin la cual es imposible el trabajo en el aula. El alumno llegará a ser o no, honrado, limpio, cortés y responsable, pero sólo porque la autoridad lo ordena. No existe la preocupación de que interiorice y haga propio el valor de las normas; basta que se respete a la autoridad y el esfuerzo pedagógico que se desarrolla está destinado a ello, no a formar mejores subjetividades. Como salta a la vista, hay aquí una reproducción sutil y cuidadosa de la cultura del autoritarismo, que no redunda en la formación de mejores individuos como sería deseable, ya que el alumno tiende a acomodar su comportamiento a los afectos y voluntades del profesor y su preocupación es agradar y negociar con quien ostenta la jerarquía más alta, ya que el maestro es la medida de la autoridad, no lo son las reglas, que quedan sujetas al uso y la interpretación que de ellas haga el docente.

Si lo que el estudiante debe hacer es callar, atender y hacer fila, no le es necesario reflexionar. Todo irá bien si se hace lo que dice el maestro, aunque no se coincida con los valores que se pretende enseñarle. Hay que ser sumiso y obediente, y poco importa que se tenga o no capacidad de discernimiento propio; es mejor, más cómodo, convertirse en sujeto dependiente, con poca o nula autonomía, por lo que la deseada capacidad de autoaprendizaje se vuelve un sueño imposible. Difícil destino le espera al ruidoso, desatento, hiperactivo, aquel que se expresa distinto por ser inteligente o lo contrario, pues es un dolor de cabeza permanente para el maestro que optará por tratarlo con distancia o de plano marginarlo, dado que, como se sabe, el autoritarismo no acepta el disenso, el cuestionamiento, y la mejor moneda de cambio es no ejercer ninguna de estas conductas, resulta preferible ganar con obediencia el aprecio del maestro y asegurar así, una buena nota final.

El alumno adopta una conducta que le proporciona comodidad en demérito de la calidad del aprendizaje, y a costa de hipotecar su autonomía, generando así una cadena en la que en el siguiente eslabón el maestro no es autónomo frente al director, tampoco lo es frente al líder sindical y/o la autoridad educativa, y así continúan los eslabones hasta llegar al Estado y sus arbitrariedades, reiterando así en todos los niveles el fino cultivo del autoritarismo.

No lo dicen en su estudio las investigadoras Fierro y Carvajal, pero hay evidencias palpables de que las conductas, los hábitos, los valores que se inducen a nivel de educación básica, dejan honda huella en el estudiante y se reproducen en los niveles subsiguientes del sistema de educación, siempre en demérito del aprendizaje, y por supuesto en la calidad del sistema educativo. Aparece así un reto más, un nudo gordiano: ¿cómo modificar la forma y el contenido de la práctica docente?; ¿podrá ayudarnos “la Maestra”, o quizá el SNTE?

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