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EL DIVÁN DE MIGUEL
Miguel Velasco Lazcano

Doctora, ya le he contado que me gusta escribir, que lo necesito igual que comer, defecar o respirar. Mis horas del día, todas, se trasmutan en historias: dígase el joven que vende café, mis colegas del trabajo, mis amigas, amigos e ilusiones; absolutamente todo se hace un relato en mi cabeza, en mi estómago y en mis emociones. Esto es inevitable y me fascina.

Si estoy en una junta en un corporativo, a ésta entran azotando la puerta dos gángsters de traje negro con ametralladoras haciendo estallar los ventanales en mil pedazos, mientras yo me lanzo a rescatar a la chica que está dando la presentación del proyecto que nos están comprando en la realidad. ¿Estaré loco? De menos dígame que estoy mal, que uno no puede ir por la vida haciendo historias de todo, todo el tiempo.

Desde pequeño es igual. De los cinco días que iba al colegio, pasaba cuatro en la dirección haciendo tareas especiales por distraído, por ser un retraído pensando en cuentos que me robaba de la biblioteca.

Hay un hecho que ha consumado mi existencia: las redes sociales. Y no lo digo porque sea mi trabajo, sino porque antes de éstas yo escribía, todo el tiempo, todos los días, pero me censuraba diciendo: “Esto no se lo puedo mostrar ni a mis amigos”, se burlarían, es malísimo. Luego un día me puse a postear, desde hace dos años posteo todo lo que pasaba por mi mente los viernes en la noche. Me lo impuse como religión y hasta mi matrimonio se fue al traste por ello –bueno, en parte-. Sofía me dijo: Ya es demasiado que salga contigo y te la pases observando a las personas, a las cosas y a los sucesos y encima ahora los viernes te puedo hablar y hablar y tú como si no oyeras o como si vivieras en un mundo paralelo.

Bueno, como ya lo hemos platicado, nunca pude hacerle entender que a pesar de ello la quería. Jamás pude hacerle ver que mi vida está condicionada por las letras y que no me niego a ello, que no lo hago por gusto, sino por necesidad, que no lo hago porque me salga bien o mal sino porque me quema el tiempo sin poder hacerlo. Sabe, agradezco con el alma al inventor del iPhone, porque ahora me salgo de donde esté y escapo a las letras desde donde sea. Puedo leer lo que hacen mis amigos y con ello hacer historias y sobre todo, aprender de ellos.

Doctora, ¿estoy mal? Dígame, ¿usted siente lo mismo por algo? ¿tiene alguna actividad sin la que no pueda vivir o mejor dicho, necesite para vivir?

A veces siento vergüenza cuando comparto mis textos, pero ya superé el temor a hacerlo y no pienso recular. A donde me lleve esta experiencia iré, entregado a ello porque he renacido, he encontrado en la gente que me lee la vida, la vida misma, doctora. Son personas tan amables, tan llenas de afecto e inteligencia, acompañándome a la distancia en este viaje donde yo voy siguiéndolos emocionado, encantado de que en nuestra distancia física haya similitudes de muchas índoles; nos hemos encontrado, mutuamente, uno a uno y entre todos. A veces tengo temor de cansarlos, de que mis textos les dejen de interesar o de dormirme en lo cómodo de escribir recetas que funcionan una y otra vez, así que experimento, pienso más y de lunes a viernes voy cazando el detonador para ofrecer algo digno de ellos, algo que les agrade.

Mis amigos de toda la vida me dicen: “Ay sí, ay sí… el escritor… me gusta lo que escribes, güey”. Sinceramente, doctora, no me gusta sólo por la vanidad de arrancar un comentario positivo a lo que escribo –que claro que me gusta y me sirve para saber que hago bien algo a lo que le invierto muchas horas de mi vida-, sino porque uno lo hace para alguien, para uno o para miles y recibir respuesta es importante para el escritor. Conocer si está sabiendo darse, explicarse y entenderse o de plano hay que cambiar el tono, la forma, la sintaxis, la estructura o los personajes. Roma no se hizo en un día y Borges no comenzó escribiendo el Aleph, ni Arreola su Baby H.P. o el maestro Chimal escalando literas, ¿no cree? Permítame, déjeme postear esto, me gustó. Déme un segundo. Ya.

Doctora, a veces me pregunto, ¿cómo hacen los escritores editoriales para contener sus ganas de saber si su trabajo es grato y llega a sus lectores? A mí eso es lo que me hace inmensamente feliz, cuando dicen en los posts o mails: “Me ha llegado, me ha hecho llorar, me ha enojado, me ha reflejado”… porque es cierto, el escritor comprometido no piensa en las formas cuando se apodera del pensamiento de sus personajes, cuando se adentra en su psicología sin imponer su moral, ideología o creencias sino las del personaje mismo, en sus acciones concretas, sus bondades, necesidades, maldades y formas. No sé, doctora, me pasa que Miguel es de recias convicciones, la mayoría de ellas equivocadas o de menos del lado de los perdedores, entonces escribir, dejar en ello el alma, la emoción y luego corregir hasta donde mi educación formal me lo permite, es donde busco las esperanzas, donde corrijo lo que la vida a veces se equivoca a mi forma de verla o donde entro con mi lámpara de mano a explorar en profundas cavernas obscuras. Ahí a veces encuentro una joya y otras simplemente yo me entiendo y corrijo, todo el tiempo corrijo porque lo tomo con la seriedad de perder un matrimonio, de pasar poco tiempo con los amigos, de dejar de lado el amor y de ir perdiendo la vista de tanto monitor. Tomo con mucha seriedad mi pequeña literatura dinámica.

Que sea cosa sería no quiere decir que Miguel aspire a concursar, editar, publicar o cambiar el espacio cibernético; de él soy y ahí seguiré hasta donde llegue el viaje, así que lo importante es continuar escribiendo, ir aprendiendo a hacerlo con el respeto que merece el tiempo que las personas invierten en leerlos y con el rigor de ganarse con ello su respeto y afecto. No es el halago, porque como dijera la canción del chaparrín, de él me desprendo, es la emoción del escritor que sabe que puede llegar a serlo porque es leído. Sólo eso.

Y bueno, doctora, sólo traigo dinero para una hora, así que para terminar, dígame: ¿Usted opina lo mismo que Lacan: eso del “Otro”? Yo sí. ¿No quiere ir el domingo a CU? Podemos comer en las piedras volcánicas del Espacio Escultórico y de ahí nos vamos a ver el juego de los Pumas; nos podemos sentar donde dicen que Valadés detonó el cuento: Estuvo en la Guerra. No le cobraría nada, ¿Y usted?

velasco_lazcano@hotmail.com

 

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