desinduind

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3 de marzo de 2010

15diario.com
Kultur

Tocando fondo

J. R. M. Ávila

 

La muchacha tiembla, se estremece como si estuvieran a punto de arrojarla a un abismo. Siente que si su madre la suelta, nada volverá a ser igual. El miedo la sacude, contundente, la toma de los hombros, le hace entender que es suya, que nunca se librará de él. Pero la madre la acaricia, la abraza, la besa, le dice ternuras y la muchacha se deshace del miedo y llora libre. Largo es su llanto. Poco a poco se calma. Solloza apenas. Habla entre hipos.

—No quiero que me abandones como la otra señora. Tú no eres mala como ella, ¿verdad, mamá? ¿Verdad que tú sí me quieres y no me vas a abandonar?

Poco a poco las caricias la adormecen, la alivian de la pesadilla. La madre la acomoda en la cama y se queda ahí, escudándola. Le acaricia el cabello. Le habla en susurro palabras de consuelo. Piensa intrigada en quién se lo habrá revelado. Es un secreto que sólo ella y su esposo conocen. Nadie pudo decírselo. Sin embargo lo sabe. Como si lo hubiera adivinado. Como si el sueño se lo descubriera. ¿Se acordará de todo aquello? Son ya diecisiete años. Miles de trámites, de investigaciones para concederles la adopción, de querer borrar de su mente, de su vida, todas aquellas aberraciones, el intento de la verdadera madre para deshacerse de ella. Era una perra, piensa la mujer, ni los animales son capaces de arrojar a un abismo a sus cachorros. Primero se arrojan ellos para protegerlos. Pero esa era peor que un animal. Ojalá se pudra en la cárcel, ojalá se pudra en la tumba,  ojalá se acabe de pudrir en el infierno. ¿Qué culpa tenía mi niña de su mala entraña?

—Ahí. Mira esa noria. Está abandonada y seca.

—¿Y si la encuentran?

—No importa —dice él—, ¿quién sabrá que lo hicimos nosotros? Además ni nos conocen. Para cuando la encuentren estaremos muy lejos de aquí.

—¿Y las huellas?

—Olvídate de las huellas. Ni que tuviera escritos nuestros nombres en sus huellas.

—El tuyo no —dice la mujer—, porque no es tu hija,  ¿pero el mío?

—Lo que pasa es que todavía quieres al otro.

—Te juro que no.

—Entonces demuéstramelo —Y empiezan a caminar. El pozo está ahí. Caminan largo trecho. Yo, entre cobijas y pañales. Ella, cargándome. Él, empujándola a hacerlo.

—Ya habíamos quedado —dice él. Y ella tiembla, pero avanza hacia el pozo cada vez más cercano. Se detiene y voltea y mira la carretera y se cerciora de que no hay nadie de testigo y él la empuja y ella obedece y yo empiezo a llorar, presintiendo que están por deshacerse de mí. Y el pozo está más cerca,  avanzamos un paso, otro, muchos, no sé cuántos más, pero llegamos. Ella se detiene. Mira al hombre. No sé cómo interpretar esa mirada. Miedo, súplica, arrepentimiento.

—Ya habíamos quedado —dice él. Ella está a punto de decirle algo, pero no lo dice y lloro porque siento tristeza en la garganta. Sabe que no servirá de nada decirlo. Sabe que él le contestará: Si me quieres, te deshaces de ella. Y ella lo mirará suplicante aún. Y él le dirá: Es de otro. Por eso, ella se calla. Me entrega a los brazos del hombre y lloro y ella se aleja del pozo para no mirarme, para no escuchar mi llanto, para no lamentar mi abandono. Pero él le dice: Tú. Y me regresa a mi madre, que en el sueño no eres tú, y ella camina hacia el pozo y sin pensarlo me arroja al centro del brocal. Ni siquiera se asoma, como si no le importara la parte de mí que le pertenece y que ha tirado al pozo como si se tratara de basura.

Entonces caigo a lo profundo y topo y vuelvo a topar entre las ramas que hay en el pozo, que me reciben como tratando, compadecidas, de evitar mi caída y ese ruido que se enreda en la cobija, que la rasga y me desenvuelve y me desliza con suavidad hasta el fondo, cubierta apenas por un pañal. Y ese cascabel que amenaza mis oídos. El dolor de saberme abandonada y el llanto que mantiene a raya a la serpiente y la ausencia de mi madre, llenan la noria, me aturden, me adormecen.

Habito la oscuridad. Aquí, donde nadie se atreve. Al amparo de la sombra, dormito a ratos y a ratos miro hacia el brocal en las alturas. Una ventana de luz que tan pronto hiere la mirada como la deja descansar. Nace la luz y poco a poco se deja caer, desplomándose hasta mí. Mientras yo, ovillada en un hueco, procuro no ser tocada por ella. Luego, al atardecer, deja paso a la oscuridad que me enfría las venas y tiemblo y duermo en lo profundo. Y despierto sola, con hambre, con frío, con tristeza. Lloro. Lloro. Lloro.

Y  de repente la soga y un hombre que se desliza por ella, que se acerca, que se aproxima, que se descuelga hasta mí. Y el cascabel enfurece y mi llanto se oculta temeroso. Y el hombre me toma y me rescata y grita para que lo suban y me sube y dejo de llorar, pero no de sentirme abandonada. Y la luz me ciega, me aturde los ojos, y la cabeza me duele de tanto llorar.

—Dime que fue un sueño, mamá. No me abandones como la mujer del sueño. Dime que nunca, mamá. Dime que nunca.

—Nunca, mi niña. Fue un sueño.

 

jrmavila@yahoo.com.mx

 

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