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lidice¿Qué fue el 68 mexicano para las mujeres?

Lídice Ramos Ruiz

Al pasar revista a los orígenes y acontecimientos del 2 de octubre de 1968, queremos en este artículo destacar, a la distancia de cuarenta años, algunos hechos que den cuenta de qué fue para las mujeres este movimiento social y político. Su sombra no ha dejado de proyectarse en el presente, a pesar de la globalización, de los narcotraficantes, de las luchas entre partidos, del avance aparente de la democracia, existe en la memoria colectiva, una consigna que resuena en las más disímiles expresiones populares: “2 de octubre, no se olvida”.
Es común pensar el 68 en México como un momento del tiempo en que hace crisis un estilo autoritario de ejercer la autoridad política. Como una confrontación entre el Estado y los jóvenes universitarios. Y eso fue en buena medida. Se cristaliza en pocos días, todo el enojo social retenido de dos décadas. Sin embargo, este acontecimiento resume además, desde nuestro punto de vista, una ruptura a las rígidas costumbres de la época, un hasta aquí a un estilo paternal que había construido la “familia revolucionaria”.
En 1968 se movilizaron principalmente estudiantes –como decía en una ocasión Raúl Álvarez Garín– de clases medias concentrados en la ciudad de México que habían llegado a la misma desde la provincia y que se movían con libertad y sin la tutela familiar, concentrados en casas de huéspedes; o bien, aquellos o aquellas que trabajaban y estudiaban y que, por tanto, no estaban sometidos a los deseos paternos, otro grupo lo representaban jóvenes de extracción humilde que eran los primeros en acceder a la educación superior y que dentro de sus hogares tenían cierta autoridad de voz y voto por ser los letrados, además de las mujeres de clases medias o acomodadas que conseguían con más facilidad acceso a la educación superior. Todas y todos tenían capacidad, talento, imaginación y un enorme compromiso con México. Estaban armados con la bandera del cambio y ellas y ellos se sentían los redentores de la Patria. Quizá esto sea muy cuestionable, pero tenían compromiso y una moral cívica bastante clara.
Las y los estudiantes pensaban que la noción de autoridad patriarcal en cualquiera de sus formas estaba en juego. ¿Dónde estaba la autoridad política? ¿Dónde residía? ¿En el gobierno, en el presidente, en la sociedad, en la clase obrera? ¿Con el gobierno o sin él? ¿En los estudiantes? ¿Cómo esta relación en la esfera pública perneaba la privada? Se les había enseñado a pensar, a ser críticos, a leer con avidez y a buscar modelos  humanos que seguir.
Eran jóvenes producto de una educación liberal y muy patriótica, eran hijos o hijas de obreros o profesionistas que venía luchando dentro de sus sindicatos contre el “charrismo sindical”. Percibían y vivían dentro de sus casas una larga rabia que se guardaba, dadas las injusticias dentro de la vida política mexicana.
Habían aprendido ciertos métodos de lucha política del movimiento ferrocarrilero, del médico, de los electricistas, del magisterio, de las propias luchas del estudiantil, sobre todo de las escuelas normales rurales y del Politécnico. También influyó el Movimiento de Liberación Nacional y, por supuesto a nivel internacional, los ejemplos de la Revolución Cubana, de la Guerra de Argelia, de los muertos de Vietman y del movimiento por la paz y contra la amenaza de una guerra nuclear que recorría Europa Occidental y la aparición de las ideas tercermundistas.
Las historias familiares de muchos de los líderes del movimiento reflejan antecedentes de lucha y represión. Por ejemplo, David Vega, que estudiaba en el Poli, era hijo de un maestro normalista que venía de una cuna campesina y que como maestro rural se había alimentado de la ideología cardenista, y como profesionista luchó contra la derecha en Huajuapan de León, donde los atacantes iba a cortar orejas de profesores de comunidades rurales.
O bien, Gilberto Guevara Niebla, que había llegado a la capital mexicana procedente de Ciudad Obregón, Sonora, aunque nació en Sinaloa. Cuenta Gilberto que en Obregón, donde estudió primaria, secundaria y preparatoria, tuvo sus primeros contactos con las luchas contra la oligarquía local. Su padre apoyó a un candidato del pueblo para presidente municipal, un pequeño propietario ligado a los ejidatarios y a los indios Yaquis que había formado el Partido Demócrata de Cajeme y fueron reprimidos por el gobernador en turno. Otra experiencia, en 1960, estuvo ligada al Movimiento Revolucionario del Magisterio (MRM) y a las huelgas del magisterio brutalmente coartadas. Llegó a la ciudad de México a estudiar biología y a vivir la vida de un estudiante hambriento.
Esta generación de jóvenes universitarios mexicanos del 68 estaba viviendo los acelerados cambios en la familia. La soberanía en casa, que residía en el padre de familia, la mayor parte de las veces en un macho dominante, con una doble moral, para él una vida sin cortapisas y para los demás en casa “tú te callas y obedeces”, estaba cambiando.
Desde la esposa sumisa y abnegada, a la esposa que trabajaba fuera de casa y recibía un salario, hasta en algunos sectores sociales, a la mujer que se sumaba a la liberación sexual y buscaba las pastillas anticonceptivas. O bien, la que escuchaba las palabras del movimiento feminista. Muchas mujeres se inician en el cultivo de su autonomía e independencia y se niegan al control social de su maternidad y de su vida.
Desde el niño o niña de primaria que acude a las escuelas activas donde se les enseña y se practican sus derechos de la infancia, o del joven adolescente que consume música de rock o se inicia en los estilos de vida hippie. De la hija que reivindica el uso de los pantalones como prenda de vestir, de las minifaldas, de fumar un cigarrillo, de las nuevas relaciones sexuales con los varones. Todos y todas contra la autoridad impuesta desde arriba, a favor de decisiones negociadas y consensuadas.
Si a ello agregamos que en términos internacionales el nuevo horizonte feminista inicia campañas a favor del aborto responsable y seguro, de la igualdad de salarios, de la no discriminación por razones de sexo, o bien, se habla con cierta libertad del divorcio o se practica la vida en pareja sin el trámite matrimonial, sin convalidación religiosa o social, encontraremos una existencia familiar diversa donde se aflojan el autoritarismo y la intolerancia, pero también nos vamos a topar con una toma de conciencia sobre lo que después llamara María de la Paz Flores la “revolución de la intimidad”.
En este contexto, las chicas universitarias, la otra mitad del movimiento del 68, aparece poco documentada en los estudios de la época, como si el cuestionamiento al orden establecido y a las demandas de mayor democracia fuera sólo un asunto de varones.
Sin embargo, podemos encontrar dentro de la protesta estudiantil una amplia participación de mujeres jóvenes entre los 17 y 20 años que se comprometieron en las diversas formas de activismo del momento: brigadas de recolección de fondos, de comida, de aseo de las escuelas, de administración de los recursos, de creación de albergues y además de diseñar y crear propaganda más adecuada a gente de las clases populares, cuando no de hablar en público.
Cuando se visitaba un mercado para la recolección de fondos, se tenía que hablar ante ellos o ellas, llamar a la gente a cooperar pero también a tomar conciencia de lo que solicitaban los estudiantes, y ellas convivían y dialogaban con la gente sencilla.  
Sólo Ignacia Rodríguez, “La Nacha” y Roberta Avendaño, “La Tita”, estudiantes de la Facultad de Derecho de la UNAM, nos representaron como mujeres en el Consejo Nacional de Huelga, fueron presas y estuvieron en la cárcel varios meses.
Las mujeres, universitarias o no, que se integraron al movimiento alteraron drásticamente sus actividades y el rol de su protagonismo social aunque no estuvieran bien representadas en el órgano de decisiones políticas, que era el CNH.
Deborah Cohen y Lessie Jo Frazier (1993) plantean, en un excelente trabajo sobre la participación de las mexicanas en el 68, que ellas no actuaron con una visión de “experiencia femenina”. La mayoría no aplicaron las demandas del movimiento feminista de la segunda ola, que todavía estaba muy incipiente, otras ni sabían qué había dicho Simone de Beauvoir, aunque otras ya le habían leído, sobre todo las estudiantes de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.
La identidad política de las mujeres que actuaron durante el 68 y en sucesos posteriores no está muy claramente asumida en muchas de las actrices de la época. Tampoco muy estudiada. La noción de verse a sí misma como protagonista política con todos los derechos, responsabilidades y privilegios de ciudadana, sólo unas cuantas lo asumieron como tal. Las dudas y el cuestionamiento político del momento se vivieron como malestares.
Hubo logros en las relaciones humanas muy importantes que modificaron las conciencias de las mujeres política y culturalmente como: desafiar las normas sociales convencionales en casa, resistir las actitudes machistas de los compañeros de brigadas, lograr un despertar del uso de su sexualidad con responsabilidades y consecuencias pero con capacidad de decidir, descubrir la amistad entre mujeres y hombres más allá de la sola relación amorosa que el modelo de masculinidad dominante sugiere a los varones, la camaradería creció entre los sexos, y quizá uno de los factores que más sirvió de apoyo al movimiento estudiantil es que las chicas “llevaban el movimiento consigo a casa” y las discusiones pernearon en la sobremesa de las mismas.
La tarea productiva que las mujeres, y sobre todo las mujeres feministas, han agregado al tradicional papel reproductivo asignado a ellas, a partir del 68, ha sido construir una “sociedad civil”, redefinir los códigos que nombran y organizan las relaciones entre los sexos y asumir la participación política como una responsabilidad.

lidiceramos@hotmail.com

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