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tomas¡Muera el futbol!

                             
                               “Es más hermoso que yo, pero yo soy mejor futbolista”.
                             (Frase de Samuel Eto’o, en referencia a David Beckham).

Tomás Corona

Mis alumnos de la licenciatura (no son míos, pero así lo decimos, por tradición) se desconciertan cuando me preguntan cuál es mi equipo favorito (tampoco es mi equipo, debiéramos decir el equipo que prefiero, ¡tenemos tantos vicios al hablar que ya se volvieron costumbre!) tigres o rayados; me cuestionan con esa obnubilada visión simplista que no les permite ver más allá de su nariz, como si no existieran más equipos, y les respondo que el futbol me es indiferente; se inquietan cuando les digo que es un deporte enajenante; como no entienden muy bien lo que eso significa, les explico que es un acto perversamente manipulado que entorpece sus cerebros, y acaban odiándome y vituperándome cuando les asevero que es tan sólo un negocio, es falso que los jugadores “se la partan” en la cancha para defender la camiseta que portan, por cierto plagada de marcas y aunque a nadie parece importarle, esas marcas, subliminalmente, penetran los ya de por sí atrofiados cerebros constantemente bombardeados con infinidad de mensajes engañosos que brotan de todos los canales: radiofónicos, audiovisuales, auditivos.
¿Cómo se explica usted el estrambótico hecho de que sea una marca de cerveza la que patrocina el deporte? ¿Tiene usted idea de cuántos litros de ese amargo líquido se consumen en cada partido, que luego se transforman en jugosas ganancias económicas para los patrocinadores? La respuesta es sencilla: importa más consumir cerveza que hacer deporte. Y se ve, por todas partes, a medio Monterrey ansioso y enajenado antes del partido, sobre todo si es un clásico, o aunque no lo sea, da igual; luego enajenado y borracho cuando el partido termina, no importa si el equipo de su preferencia ganó o perdió, lo importante es festejar con la raza, y si es con cerveza y una carnita asada, mejor, aunque se chingue la lana de la quincena, ya se verá qué hacer… ¡Derroche milenario de mexicanos sin conciencia!
Además de la venta segura del embrutecedor lúpulo, hay otros productos diseñados maquiavélicamente, con las más geniales estrategias de mercadeo y con muy poca…. ética, entre los que destacan las playeras “originales”, zapatos deportivos “de marca”, banderolas “auténticas” de todos tamaños, y un sinnúmero de aditamentos y artefactos cuyo elevado costo no desanima a los voraces compradores, cuya conciencia ingenua es manipulada precisamente para eso: comprar, comprar, comprar y vender barata su inteligencia, su capacidad crítica, su integridad como seres humanos.
Los jugadores por los que los bobalicones aficionados sufren y padecen o cuyas fallas discuten hasta el extremo de agarrarse a “jodazos” con el compadre más apreciado; ni siquiera se imaginan que existen, a ellos les interesa modelar, lucir un estúpido chonguito o la greña suelta, sonreír frente a las cámaras, comprar autos de lujo o casas veraniegas, tener muchas viejas y emborracharse como vikingos, darse la gran vida, pues… ¡Son tan iletrados, los pobres! Depreciados o costosos divos, según como ande la compra-venta, (¡sí, también son vendidos o comprados como vacas!) practicando un deporte absolutamente misógino, “pa´ cabarla de amolar”.
Nadie escapa al cautivador embeleso que provoca el alienante “deporte de las multitudes” (imbecilizadas, por supuesto). Hombres, mujeres, niños, jóvenes, ancianos, ricos, pobres, intelectuales, ignorantes, profesionistas, comerciantes, secretarias, empleados, obreros, gozan extasiados la ilusoria emoción que provoca (ilusoria, puesto que es creada artificialmente, como una droga que produce adicción) y es lamentable ver a familias enteras diezmadas moral y económicamente, pero disfrutando en el estadio del oneroso partido de futbol. Seguramente usted ha escuchado la bola de pendejadas que allí se vociferan, además de otras reprobables acciones que incitan a cometer actos violentos. Un claro ejemplo de fanatismo exacerbado, eso es el futbol, la pasión como le llaman en algunos medios, es otra cosa.
¿Cómo contrarrestar, desde la escuela, el salvajismo y la violencia que este “afamado deporte” genera y que nos remonta a la barbarie, si profesores y alumnos también son víctimas de ese terrible enajenamiento? ¿Qué puede hacer un sencillo profesor, aunque esté consciente de ello, frente a la grave problemática social que el futbol provoca? ¿Cómo detener el camino hacia la animalización colectiva causada por la manipulación ideológica que nos lleva directo al abismo de la mediocridad, de la ruina moral? ¿Cómo reeducar a los niños y jóvenes mexicanos si los “dueños de los medios de producción” (¡Ah, el viejo Marx!) se empeñan en embrutecerlos, no sólo a través del futbol, sino también utilizando otras artificiosas estrategias como los programas televisivos, los videojuegos extranjerizantes, los grupúsculos musicales; los fútiles mensajes iconográficos, para luego reprimirlos con “los toques de queda” y encarcelarlos, (o asesinarlos) aunque sean menores de edad?
Precisamente, el hecho que me motivó a escribir este artículo de opinión fue observar, hoy lunes, a las 7:30 horas, una manada de jovenzuelos (y uno que otro “viejón”) perfectamente alineados y alienados en una kilométrica fila (México es un país de filas) esperando pasmadamente para adquirir un “abono” que los transportará al artificial paraíso futbolero y ver a sus idolatradas estrellas tercermundistas fingir una vez más que juegan “el juego del hombre”, aunque sólo corran como mandriles detrás de una pelota, porque el futbol es sólo el pretexto para obtener enormes dividendos a costa del jodido pueblo y de su jodida conciencia. El futbol es un ritual tributario al “becerro de oro” del materialismo histórico, mientras que ellos, los aficionados, excitados y fúricos, becerros de carne y hueso, berrean impúdicamente mientras liban el amarillento líquido de sus vasos de poliuretano expandido, tan fofo y ligero, como su perturbado cerebro.

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