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REVOLUCIÓN POSMODERNA
Claudio Tapia

Según Z. Bauman (Comunidad, Siglo XXI, España, 2003), la sociedad moderna proclamó el derecho a la felicidad referido no únicamente a la mejora de las condiciones de vida, sino al grado de felicidad alcanzado por hombres y mujeres; lo que justificaría a la sociedad y todas sus obras.
          Así fue como en la modernidad, la esperanza de alcanzar la felicidad se convirtió en la motivación fundamental de la participación del individuo en la sociedad. Alcanzar la felicidad dejó de ser una mera oportunidad y retomó el inicial sentido helénico de convertirse en un deber y en un principio ético supremo.
          Consecuentemente, nos dice el sociólogo polaco, los obstáculos para alcanzar la felicidad y los sospechosos de bloquearla, se convirtieron en los protagonistas del  sistema de injusticia y en una causa legítima de rebelión. Fue en esa lógica que se inscribieron nuestras dos revoluciones anteriores.
          En ellas, se ofreció a los mexicanos alcanzar la felicidad a través  de la justicia social. Promesa que no se cumplió. El deterioro de los niveles de vida, la ausencia de una mejora visible y las crecientes injusticias que inspiran reivindicaciones sociales, continúa doscientos años después. El cambio se buscó, tanto con la lucha por la Independencia como en la Revolución pero, el intento fracasó.
          Para que ocurrieran ambos estallidos sociales fue necesario que se diera la acción unificada de la sociedad marginada contra la desigualdad generadora del conflicto. Y así ocurrió.
Para que se dé la unidad en la acción frente al conflicto, nos dice el citado escritor siguiendo a M. Weber, es necesario que un mero agregado de unidades similares sea transformado en una comunidad que actúa al unísono  y que pueda, entonces, movilizarse contra otro grupo al que se le atribuye la responsabilidad de las injusticias. No basta la similitud de la situación de injusticia en la que los individuos se encuentran, hace falta además que les sea posible concentrarse en los oponentes a los que el conflicto de intereses inmediatos sea vital y, la posibilidad técnica de poder unirse con facilidad. Comunidad de intereses, contacto con quienes los amenazan y vinculación, son, para Weber, los requisitos del estallido social en la modernidad.
          Hoy, continúa el autor de Comunidad, los requisitos que tienen que cumplirse para que surja la comunidad de intereses no se dan. En efecto, en la posmodernidad, el individualismo cambió todo el tejido social. En el ámbito social posmoderno, la competencia individual importa más que sumar fuerzas con otros en condiciones similares.
          En la actualidad, la convivencia tiende a ser a corto plazo y carece de perspectivas, lo que dificulta la vinculación. Y como no puede hablarse de un futuro garantizado, lo mismo ocurre con la posibilidad de detectar a los oponentes en los que se puede centrar el conflicto de intereses.
          Ha quedado poco de la capacidad del hombre para generar esa comunidad que en algunas sociedades llegó a ser poderosa. En la posmodernidad, el individuo, desvinculado, percibe a la injusticia y a los agravios que suscita, como algo personal. Los problemas se sufren y solucionan en solitario y son impropios de acumulación en una comunidad de intereses que busca soluciones colectivas a problemas individuales. Es por eso que las revoluciones ya no surgen como antes.
           Si los agravios pierden su carácter colectivo, también desaparecen los grupos de referencia, eso es lo que nos ha ocurrido. Cito textual al autor:<<La experiencia de vida como una empresa enteramente individual repercute en una percepción de la dicha o la desdicha de otras personas como resultado, en primer lugar, de su propia industria o indolencia, a las que pueden añadirse un golpe personal de buena suerte o un golpe individual de mala suerte>>. Así, al dejar de existir los conflictos de intereses grupales, desaparecen, en consecuencia, los instintos comunitarios y la revolución, como la conocíamos, ya no se da. 
         
          Lo anterior no significa que los estallidos sociales dejen de ocurrir porque, aunque no se perciban como problema de todos, injusticias sociales como la descomunal brecha de desigualdad entre ricos y pobres envilecen la convivencia y aportan el combustible necesario para que se incendie.
Como subsisten en nuestra desvinculada sociedad las mismas condiciones que dieron origen a las revueltas de los siglos pasados, estalló, con similar violencia, la nueva revolución: guerra posmoderna de jóvenes desesperados reclutados por el crimen; levantamiento de individuos carentes de demandas sociales que los legitime.
Y, como suman millones los individuos que participan en ella, pues no se los van a acabar.
Parece un contrasentido: la revuelta que no surgió para acabar con la desigualdad que la origina, soterrada por el crimen organizado, terminará si se reduce significativamente.
          Se está librando la batalla contra la insurrección de individuos de una comunidad sin cohesión en la que cada uno se procura, con los medios a su alcance, su propia justicia, sin que importe el peligro que se corre ni lo efímero de los dudosos beneficios.

claudiotapia@prodigy.net.mx
 

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