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ÓPERA PRIMA

En Ópera prima creemos firmemente en el talento local y tenemos por objetivo difundir las letras que actualmente habitan los talleres de la ciudad. En esta ocasión ponemos a su consideración el cuento "Lejano oeste" de Marcelo de la Rosa Garza, integrante del taller "Boceto de escritores". Se agradecen los comentarios y retroalimentación, así como la crítica.

LEJANO OESTE
Marcelo de la Rosa Garza

Al tiempo que el sol va coloreando los rincones de una realidad en escala de grises, ella intenta caminar, con una media rota y el maquillaje corrido. Otro día comienza y no termina de encontrar lo que busca. Ya está en casa y apenas puede recordar la curva que tomó al pasar por el tendajo del barrio. Igual que ayer, se limita a recorrer las calles azules. Hetaira sin prestigio ni riqueza.

Es la hora en que las chicharras dan paso al cortejo y sol mancha de sangre las cortinas. Está frente a su fiel confidente, mas no reconoce a la mujer del espejo. Una morena con cabello al hombro y sombras oscuras. Una rubia con abundantes hilos dorados y labios rojos. Una pelirroja de rizos que estallan radiantes. Ha sido tantas mujeres que en ninguna se reconoce.

Yolanda se dirige al “Lejano Oeste”. Se desplaza entre individuos que se asfixian dentro de sus jeans ajustados y camisas a rayas, divididos en dos hemisferios por un ecuador piteado. Tras una larga fila, ingresa a ese corral donde conviven animales de río y de rancho. El humo de los cigarrillos es el incienso para los seguidores del acordeón. No fuma, pero siempre le ha gustado el aroma que dejan las bocanadas al pasar a su lado. Se deja pastorear por la música y se dirige a la pista sostenida del brazo de un bigotón que le dice: ¡Quiero bailar con usted, mija! Sin contestar ni proponérselo ya está en el centro de la pista, llamando la atención de todos. Gira, se mece, izquierda, derecha, rápido, lento. Todo en automático. Mientras se consagra como la ganadora de una botella de “Tequila Herradura”, su mirada se desparrama sobre el hombro de su acompañante. Sondea, escudriña y no encuentra nada. Avestruces, terneras, pitones, castores siguen ahí, en esa fiesta de taxidermia.

Después de haberse probado distintos tipos de pieles y que ninguna le quedara, decide abandonar la bacanal de texturas para salir en busca de luz de noche, de aire húmedo y frío que le devuelvan la vida. La avenida Universidad es una plancha oscura donde unos escasos automóviles se desplazan hacia el norte. Esta estampida provoca en Yolanda la sensación de que allá está lo que busca. Toma un taxi. Se inicia una ruidosa travesía, musicalizada por un escape perforado y un motor desafinado que emula un bombo a destiempo. La filarmónica ruletera ameniza los rincones solitarios del tiempo selenita. Haciendo competencia con sus faros de xenón.

Yolanda observa por la ventana los jeroglíficos de la noche, buscando descifrar la sensación que la sacudiera hacía unos minutos. El chofer mira el retrovisor de reojo y escudriña las sombras en la entrepierna de su pasajera, regodeándose con lo que ve. Su mirada se pierde entre los muslos de la joven y ella entre recuerdos borrosos. La filarmónica desentona dirigiéndose a un camellón. La triada es advertida por el claxon de un transporte urbano, provocándose un crescendo en la sinfonía. El susto apresuró la venida del taxista y despertó a Yolanda. El choque de su cabeza con la ventana la vuelve a desprender de su cuerpo. Unas horas después por fin despierta, semidesnuda. Una luz le impide ver con claridad. Siente unas manos frías. De pronto algo la penetra. Por un instante cae en inconsciencia para ser devuelta en sí por una voz que le dice: Yolis, mi´ja. No seas pachorra. Despierta.

Al escuchar estas palabras, Yolanda recuerda las violentas sensaciones que la perturbaron. Se incorpora impetuosamente, intentando encontrar al agresor. Unas manos la sostienen; no les cuesta trabajo detenerla. Se encuentra aturdida y no comprende lo que sucede. Despeja su vista y encuentra a un hombre vestido de blanco acompañado de dos mujeres enfundadas en ropas del mismo color. Una enorme jeringa le atraviesa el brazo. Se da cuenta que en la parte posterior de la cabeza tiene una fuerte contusión.

Se dirige a su casa a bordo de un Grand Marquis con vidrios polarizados y blindaje. Apenas tiene fuerzas para moverse, pero ya quiere regresar al antro, a la vida en las penumbras: su percepción de la belleza a media luz y todo volumen, donde puede respirar agitada por el baile, por el aire cargado de fenoles y alquitrán, aflojando su cuerpo y desinhibiendo barreras. Se detuvo frente al “Lejano Oeste”. Yolanda desciende del auto. Cuando voltea el auto ya no está.

Adentro, el ambiente es distinto. Todos visten de gala. La reciben con reverencias. Señorita, bella dama, mi señora. Se siente como en una corte europea: ella es la marquesa. De pronto un olor penetrante la marea. En un instante pasa de una marquesa a ser Yolanda. Sentada en un banco alto frente a la barra, a lado de un hombre robusto que la mira y le pregunta: ¿Fuma?, con un tono que la hace ruborizar y una voz tan ronca que la avasalló. El martini le pareció que quemaba, el cigarro la asfixiaba. Y esa voz. El hombre le ofrece su pañuelo; tiene las iniciales G.M.

Al ver las iniciales, un monzón violento de imágenes, sonidos y olores la inunda de luz. ¡Gabriela Mendirichaga! Grita. Entonces revive el recuerdo de aquellas manos frías, que la abrazaban, de ese objeto que la penetraba constantemente. Un río de lágrimas le brota como tifón, mientras un océano de engaños le devuelve su pasado. Recuerda los días en las calles del centro visitando hospitales, donando sangre para obtener unos pesos que le permitieran comprar una dosis. Recuerda como frente a “El Café Lagarto” abordó un enorme auto negro, con vidrios polarizados, mientras unos hombres de bigote y apariencia solemne le explicaban como funcionaba el micrófono que usaría debajo de su ropa. Esa noche visitó al “Taxidermista” como le decían al traficante de heroína más poderoso de la ciudad, llamado así por su pasión por conservar disecadas las cabezas de sus rivales caídos. Recordó del enorme habano que fumaba esa noche, los coros de Carmina Burana en el reproductor de discos. La fulminó la memoria de los federales recomendándole que desapareciera, al tiempo que arrestaban al “Taxi”. En cuestión de minutos la dejaron sola, frente a un oasis de dosis gratuitas.

Marcelo de la Rosa Garza, es Lic. en Administrador de Empresas. Actualmente imparte clases a nivel bachiller. Desde abril de 2007 pertenece al taller Boceto de Escritores que coordina el escritor y traductor Jorge Castillo. Ha tomado talleres con Patricia Laurent Kullick, Oscar Wong, Carmen Alardín y David Toscana.

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