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EL TÚ Y YO QUE NOS MERECEMOS

Coral Aguirre

Mi artículo anterior estaba basado ex profeso en la reacción orgánica de un pensamiento, el mío, de acuerdo con las libertades sexuales que generan las nuevas leyes y toda la reflexión a propósito de la diversidad. Quiero ahora darme lugar a otro tipo de reflexión.

Según Hannah Arendt, es imperiosa la necesidad de distanciarse de la propia reflexividad inteligente para de esta manera, abordar el sí mismo dentro de los grupos sociales al que pertenece. Lo que intento es, según Arendt, proponer, ¿cómo superar el particularismo sociocultural de cada individuo y alcanzar un bien común (que para la filósofa es siempre político), aceptable para todos los ciudadanos sin destruir su diferencia? Menuda cuestión. La respuesta de Arendt es clarísima: a través de la consideración del sentido común mediante la obtención de un punto de vista general del mundo.

Para ello, cada uno de nosotros lo primero que tiene que hacer es liberar sus propias perspectivas, es decir, dejar de lado los prejuicios y las supuestas autoridades externas que hemos tomado como “palabra santa”, para ejercer el pensamiento por nosotros mismos. La crítica, así, es básicamente antiautoritaria. No apela a órdenes, leyes, entidades, que suponen legislar sobre la verdad de todas las cosas, acude más bien a nuestro entendimiento personal, donde cabeza y corazón reunidos, dan lugar a una sabiduría otra.

¿Cómo se alcanza esta mínima imparcialidad? Dice Arendt “en la medida en que los puntos de vista de los otros son tomados en consideración”. Así de simple. Por lo tanto ser imparcial implica liberarnos aunque sea por unos instantes, de nuestro modo de concebir el mundo que en la mayoría de los casos, no es el nuestro, sino el que nos han dictado. Y eso es precisamente lo que hay que poner en cuestión.

En el caso de las relaciones sexuales alternativas y la legitimación de leyes que hoy en día comienzan a amparar la unión entre homosexuales y lesbianas y asimismo la posibilidad de adoptar niños, debemos colocar en la picota las “verdades que nos han sido dictadas” y a las que no hemos opuesto ningún razonamiento crítico.

Por ejemplo, en el caso de la adopción de niños por parejas homosexuales, mi compañero discutía conmigo y me decía, ¿pero cómo proteger sus identidades?, ¿cómo van a crecer en un ambiente donde lo excepcional pasa por normal o natural?, vaya a saber cómo hay que decirlo.

Salí a la palestra con la célebre proposición de Jean Genet, claro, un renegado para “las buenas conciencias”, criado en un orfanato, sin hogar de ley consabida. En el único reportaje que aceptó al final de su vida para la BBC de Londres, el periodista que lo entrevista le pregunta cómo vivió él este desamparo. La respuesta del escritor fue cruel pero no por ello menos desafiante para reflexionar largamente. Él señalaba que es en el hogar donde el niño aprende que lo que se dice afuera no es lo que pasa adentro, que los padres mienten a ojos vistas, que ocultan cuestiones flagrantes. El gran psicoanalista argenmex, Néstor Braustein en La memoria, la inventora, da ejemplos característicos de ellos: no se dice que la tía se suicidó sino que estaba enferma, que la abuela en realidad seguía soltera puesto que el abuelo había establecido con ella la segunda casa, que el niño no es hijo sino sobrino, que para salvar un embarazo escandaloso la hermana “se va de viaje”…; inútil seguir poniendo ejemplos. En cada hogar se oculta una situación terrible que el niño percibe pero sobre la cual todo mundo calla. Así crecemos en medio del misterio de los adultos. Para abreviar, Genet proclama que “la familia es la primera célula criminal”.

Eso alegué frente a mi compañero. Luego nos pusimos de acuerdo.

Si la cosa a juzgar es percibida desde distintos ángulos y el mismo intercambio de opiniones hace de corrector del otro para no instalarse en posiciones sólo autoreferenciales, vamos a llegar a los acuerdos que necesitan estos tiempos.

El acuerdo al que llegamos mi compañero y yo fue que no podíamos garantizar ni niños peores ni niños mejores, según cada tipo de hogar, diverso o tradicional; que el sujeto, según Freud o Lacan, está partido, no hay integridad, no hay absoluto en ninguno de nosotros; las heridas son errores, los errores son heridas, vale decir, desgarres, particiones. La orfandad que cabe al ser humano no será cubierta. Como dicen los griegos seguiremos siendo criaturas falibles, frágiles, sujetas a error.

Ahora se trata de intentar mirar no una parte sino el todo, no un grupo, sino los grupos, no una pareja sino las diversas parejas que andamos por el mundo.

Quizás con un poco de imaginación los señores y las señoras, los padres y las madres, los hijos y las hijas, y en fin toda esta sociedad de la que formamos parte, pudiera acordar un modo más benigno, más armonioso para establecer, el tú y yo que nos merecemos.  

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